Los trabajos y los días

Es la demografía, estúpido

Contra lo que puede parecer, el mayor problema que tienen las sociedades occidentales no es el paro, ni la creciente inseguridad ciudadana, ni el problema de la vivienda, ni siquiera Pedro Sánchez…, sino el envejecimiento de la población y la inversión de la pirámide demográfica. De no producirse un cambio drástico en las costumbres de los europeos, parece que caminamos lenta pero inexorablemente hacia la extinción. Vivimos en una sociedad en la que la esperanza de vida no cesa de aumentar -lo cual es muy bueno-, pero en la que la gente ha perdido la sana costumbre de reproducirse, -lo cual es pésimo-. El crecimiento vegetativo español es ya negativo, y es ingenuo pensar que la invasión migratoria de personas procedentes de otras culturas va a servir para preservar la España que hemos conocido todos. Si importas África, nuestra sociedad se va a parecer cada vez más a África. Y todos sabemos que no estamos hablando de razas.

La crisis de la familia parece estar en la base de todo este extraño fenómeno: cada vez la gente se casa menos; cuando se casa permanece en el matrimonio menos tiempo y los que perduran tienen menos hijos. Estamos viendo cómo las mascotas van sustituyendo a los niños en parques y jardines. El individualismo y el hedonismo nos impide formar vínculos sólidos entre hombres y mujeres, enemistados artificiosamente por ideologías perversas. Sin esos vínculos, la crianza de un niño se convierte en una carga insoportable. Para colmo, los ecologistas nos dijeron que tener hijos era una agresión al planeta.

Desde una perspectiva estrictamente liberal, es justo que cada cual pague las consecuencias de sus actos, en este caso de sus omisiones. Y ¿cuál es la consecuencia de ese desapego familiar? Pues, evidentemente, una larga ancianidad en la más estricta soledad o una eutanasia a tiempo. Sin embargo, en un Estado del bienestar, como es en el que vivimos, la creciente carencia de jóvenes parece que nos encamina hacia una dolorosa decadencia, que se manifestará en forma de una progresiva bajada del nivel de vida de todos los habitantes y una huida de los pocos jóvenes que vayan quedando ante la inevitable disminución de los servicios básicos. 

Estamos viendo ya cómo la industria y la agricultura -las actividades que producen riqueza tangible- ocupan cada vez a menos gente y de mayor edad en nuestro país. De seguir así las cosas, los “servicios” que prestan nuestras empresas perderán también valor y hasta la seguridad ciudadana habrá que encomendársela a una juventud exótica y potente, como hicieron los romanos con los bárbaros. Excuso decir cuáles fueron los resultados. 

Acaso el deterioro de las infraestructuras que vemos en nuestro país es la avanzadilla de la perspectiva que nos espera, cuando los impuestos, por más abusivos que sean, no alcancen para sostener a ese creciente número de personas improductivas.

Pero hay un rayo de esperanza en este panorama sombrío. Un sector significativo de la juventud parece haber retomado con firmeza los valores religiosos y patrióticos en los que se cimenta la familia natural, ese ecosistema que no solo hace posible la continuidad de las sociedades, sino que hace más felices a las personas individuales. O, dicho de otra manera: los que se extinguirán antes serán los progres, entregados a una sexualidad estéril. No me alegro de ello, pero al menos permite albergar la esperanza de que tal vez, tras una nueva Edad Media, volverá un Renacimiento. Ojalá.