La Receta

Las enfermedades cortesanas

Si uno se pasea por la medicina del siglo XVI descubre algo reconfortante: nuestros antepasados ya estaban obsesionados con enfermar.

Luis de Lobera, médico de cámara de Carlos V, escribió en 1544 un libro con un título que parece sacado de una serie de época: “Libro de las quatro enfermedades cortesanas”. No era un tratado para campesinos ni marineros. Era para señores. Para gente que comía faisán, bebía vino especiado y no sabía lo que era sudar si no era por trajes de terciopelo, cuando lo exigía el protocolo.

Lobera describía cuatro dolencias propias de palacio: el catarro crónico, la gota, la “piedra” del riñón y el mal francés. Traducido: mocos, articulaciones inflamadas, cólicos renales y sífilis. Nada glamuroso, pero con pedigrí social.

Según el texto, su intención era muy clara: enseñar a los nobles a prevenir y hasta a tratarse solos, desconfiando un poco de médicos y cirujanos, y confiando más en el “buen regimiento”, es decir, dieta, moderación y costumbres sensatas 

El problema, claro, era que sus pacientes hacían exactamente lo contrario.

La gota, por ejemplo, la atribuía a “príncipes y personas poderosas que viven en quietud y comen y beben demasiado”. Traducido al castellano moderno: sofá, banquete y cero autocontrol. La prevención consistía en comer menos, moverse más y moderar ciertos excesos. Imaginen la popularidad de ese consejo en una corte imperial. No debió de tener mucho éxito. La historia de la medicina está llena de recomendaciones sensatas que nadie quiere seguir.

Cinco siglos después hemos democratizado la enfermedad. Ya no hace falta ser duque para tener hipertensión, diabetes o colesterol alto. Ahora cualquiera puede coleccionar diagnósticos como cromos. Progreso social, supongo.

Pero también hemos importado algo muy cortesano: la obsesión por prevenirlo todo, incluso lo que quizá nunca ocurrirá. El cortesano del XVI tenía su boticario. El ciudadano del XXI tiene su pastillero semanal con compartimentos de colores y sus consultas metidas en agenda. Estatina por si acaso. Antiagregante por si acaso. Protector gástrico por si acaso. Magnesio porque lo dijo alguien en la radio. Y, con suerte, una pastilla para contrarrestar los efectos de las anteriores.

Muchos pacientes mayores toman seis, ocho o diez fármacos diarios para prevenir enfermedades que tal vez jamás les darán problemas. Es posible que gracias a ellos vivan mejor. O quizá no. La vida no viene con grupo control. 

A veces da la impresión de que hemos perfeccionado el viejo arte de Lobera: asignar enfermedades potenciales a personas básicamente sanas. Antes el médico advertía al noble: “si sigues así, te dará gota”. Ahora decimos: “tu riesgo cardiovascular a diez años es del 12,7%, así que mejor empezamos con tres fármacos”.

La corte ha cambiado de escenario, pero no de mentalidad. Solo hemos sustituido jubones por batas blancas y pergaminos por algoritmos.

No se trata de negar la prevención, que ha salvado más vidas que cualquier sangría renacentista. Se trata de recordar algo que Lobera ya intuía con su escepticismo: no todo mal requiere medicina, y a veces el mejor tratamiento sigue siendo el más aburrido de todos. Comer con mesura. Moverse. Dormir. No hacer barbaridades. Nada heroico. Nada tecnológico. Nada que cotice en bolsa.

Cinco siglos de avances científicos para volver, con cierta vergüenza, al mismo consejo que un médico del emperador daba a unos nobles que jamás le hicieron caso. La diferencia es que ahora tenemos blister semanal. El progreso humano, en todo su esplendor.