La mirada del centinela

El maquinista

Hay una vía por la que se escapa la vida, una vía quebrada que en Adamuz se hizo mortaja. Hay caminos que esconden la hiel que rezuma la paradoja, hay sendas que el demonio tiende con rieles de acero. Y luego hay, también, qué pena, políticos que presumen de su incompetencia, que alardean de su ineptitud, que nos toman por párvulos y escamotean a la ciudadanía la verdad, por costumbre. 

Hay un Puente que sujeta un ministro, hecho de insultos e hipocresía, desde donde nos mira como el primate aquél que descubriera el fuego. De su boca penden pavesas, de su hoguera constante, de esa manera incendiaria de practicar política, atacando sin recato mientras vemos cada día las imágenes de esos trenes que circulaban por la vía inadecuada. 

Hay un maquinista al frente de la nación que habla con voz queda, que pierde el rostro con cada año de legislatura inoperante, que se pone un chaleco amarillo y pretende que su imagen falsaria retenga los votos de la vergüenza. Un presidente que promueve bulos y azuza a su camada para que no cese la exaltación, para que, a la primera oportunidad, en medio del dolor y la muerte, truenen las voces de los que mascan a diario la palabra asesino, fascista, facha… Sin embargo, ellos pasan por ser santos laicos, beatíficos políticos que nos hacen la vida más fácil, más llevadera, incluso privilegiada. Sembrar cizaña con gesto contrito, a imagen del demonio, resulta de lo más rentable. 

Hay un país que transita una vía muerta, sin destino. Pero el maquinista se obstina en continuar, poseído por la gloria errática de una neurosis electoral, incapaz de gobernar el tren Estado, rodeado de espejos que le devuelven una imagen falsa de sí mismo. Y tras él, un gabinete de ministros convertido en gabinete de curiosidades, de terrores subsidiarios colocados en sus respectivos ministerios para deshonra del noble ejercicio de la política. 

Hay una vía por la que discurren trenes fantasma, repletos de pasajeros con miedo a morir. Que sospechan que los rieles de acero no han sido revisados, y la vía puede estar rota por falta de mantenimiento. Un detalle menor para el ministro de transportes y su jefe. Mentir sale barato y reporta indulgencias. Los simpatizantes del sanchismo exculpan a esos pobres servidores públicos, los exculpan porque visten ropa con etiqueta de progresista. A ellos se les perdona todo; es más, se les ensalza. Todas las negligencias del gobierno socialista y sus socios las transforman en bulos. Así es mucho más sencillo dar la espalda a la responsabilidad, a la ética, a la moral de unos votantes satisfechos con la nula gestión de un Gobierno inexistente, reducido a un holograma de propaganda en bucle. 

En Adamuz, se han perdido vidas y dignidad. Por desgracia, todo quedará en anécdota, en un suceso triste, en programas de televisión con semblanzas de algunos de los fallecidos. Mientras, nadie tendrá la gallardía de asumir responsabilidades, los cobardes corren el telón de la mentira y dan por terminada la función. Y la locomotora del país prosigue su marcha inane, con un maquinista al que se le silencian las palabras y se le desfigura el rostro. Hay una vía por la que se escapa la cordura, es necesario bajarse en la próxima estación.