Dime cómo conduces y te diré quién eres
¡Maldito idiota! ¡Pero no ves por dónde vas! Este es el día a día del conductor. Una forma de teatro en donde nuestra alma se desnuda camino al trabajo. No ha terminado de amanecer y surgen los improperios al viento, porque conducir es ahora la única actividad en la que los ciudadanos nos sentimos emperadores absolutos y dueños de la carretera.
El comienzo es de película. Uno se incorpora a la vía y antes de que el intermitente termine de parpadear, aparece un fulano que se mete delante al paso de la tortuga. Ese espécimen, vista la parsimonia, debe de estar convencido de que circula en un Tuc-Tuc por las calles de Calcuta. Las voces de toda una caravana de coches se escucha en la Patagonia. Todos claman al unísono: ¡A treinta, inútil, que vas a treinta! Pero el tipo, imperturbable, sigue en su mundo. Nos hará llegar tarde a todos. La paradoja de esto es que insultarle nos produce un íntimo bienestar, es una suerte de exorcismo doméstico. Sin duda conducir es el estado puro del hombre y al volante hemos aprendido que los lentos nunca no van solos, ellos joden en grupo.
Luego están los semáforos. Para algunos el rojo es una sugerencia, el amarillo una metáfora y cuando torna en verde se convierte en el permanente misterio. Hay conductores que no arrancan y parece que esperan un meteorito. Mientras tanto se acumulan los coches y la gente desespera. De los semáforos, lo que más llama la atención es que estas luces no tienen efecto alguno en patinetes ni bicicletas.
Y qué decir del intermitente. Es el lujo prescindible del coche. En los concesionarios debería figurar como un extra: ¿Pintura metalizada, alfombrillas o intermitentes? Y el comprador: Intermitentes, no gracias, es que me gusta vivir al límite. Entre tanto, el que circula detrás del peligroso sujeto deja de creerse un adivino porque ya no sabe si el giro será a derecha o izquierda. No olvidemos tampoco al loco del claxon, ese personaje que parece que ha nacido con la mano soldada al volante. Da lo mismo la circunstancia, la hora o el lugar, que si el mundo no avanza a su ritmo, él se encarga de recordarlo y también de que se entere toda la ciudad. Él es su bocina y molestar, su filosofía de vida.
Al volante revelamos lo que somos. Aquí vive nuestra relación con la normas, el riesgo y el prójimo. Hoy da lo mismo que discutan de géneros, identidades o categorías, porque en la carretera solamente cuentan tres virtudes que son la habilidad, los reflejos y la aptitud. En cuanto al lento diré, por su propio bien y el de todos, que debería comprar un bono del bus.
Frente a los artistas del volante vive la DGT, que solamente piensa en dinero. Ni instruye, ni educa, ni aconseja, sólo recauda. Con todo, conviene recordar que no es el conductor ágil quien provoca los peores accidentes, es el haragán que circula a velocidad anormalmente reducida, sembrando la somnolencia y la distracción a su paso. Aristóteles advertía que la virtud está en el término medio, pero en nuestras carreteras parece que ese término quedó abolido hace años.
Y así transcurre nuestra vida, al volante, entre lentos que nos desesperan, indecisos que nos detienen y burócratas que nos saquean. Con todo, al final, uno ya no sabe si conduce hacia su trabajo o si es un simple extra de una película de ciencia ficción, sobre todo porque de repente se nos cruza el que faltaba, el niño del patinete.