Democracia o Sanchismo
Cuando el poder predica libertad y financia tiranías, España se autoproclama democracia plena, avanzada y ejemplar, bajo la falsa bandera del progresismo.
Lo repite en foros internacionales, lo proclama con solemnidad en discursos huecos..., pero una democracia no se define por lo que proclama, sino por a quién sirve, a quién protege y con quién se abraza cuando nadie mira.
Y ahí empieza la farsa española y su doble moral, qué, en nombre de la democracia, el Gobierno español reparte dinero público, condona deudas, cede recursos estratégicos y mantiene relaciones privilegiadas con regímenes que encarcelan, censuran, torturan o reprimen a sus ciudadanos.
Todo ello sin consulta al pueblo, sin debate vinculante, sin consentimiento soberano.
El Sanchismo denuncia dictaduras…
pero las financia; condena la represión pero la subvenciona indirectamente; presume de valores democráticos pero negocia con tiranos del "Foro de Sao Paulo, África y Asia" como si fueran socios respetables.
Un auténtico cinismo institucional que no puede llamarse democracia (.!.) más aún, cuando invoca a la confrontación con Estados Unidos e Israel por ser democracias que defienden sus intereses nacionales; que defienden a sus ciudadanos; que defienden, sanean y desarrollan sus economías, donde sólo basta ser un honrado y patriota ciudadano para tener acceso al éxito.
Ayudar a dictaduras no es neutralidad: es complicidad
No existe la "ayuda desinteresada" a una dictadura.
Cada euro enviado, cada acuerdo preferente, cada gesto amistoso, refuerza al régimen que oprime a su pueblo para que lo siga haciendo.
Y hacerlo sin preguntar a los ciudadanos españoles, que son quienes pagan la factura, es profundamente corrupto y antidemocrático.
¿Con qué legitimidad un gobierno decide transferir recursos públicos a Marruecos; Mauritania; Azerbaiyan; Nigeria, etc., a dictadorzuelos donde no hay elecciones verdaderamente libres.
Así nace la dictadura encubierta:
la que gobierna sin consultar,
la que reparte lo que no es suyo, la que indulta y perdona a sus afines exigiendo sacrificios a los demás. La que financia tiranías ajenas mientras abandona a su propio pueblo. La que hunde a sus agricultores en favor de importaciones de países sin garantía de controles.
Cuando un gobierno decide qué valores defender..., a qué dictadores ayudar y a qué ciudadanos ignorar, convierte la soberanía popular en un trámite y la conciencia nacional en un estorbo;
la democracia ya no es un sistema de libertad: es una administración autoritaria del silencio. Y entonces ocurre lo irreversible:
el poder deja de temer al ciudadano,
y el ciudadano deja de reconocer al Estado como propio.
No hay golpe.
No hay ruptura formal.
Hay algo peor: la normalización del abuso.
El ciudadano no lee noticias ni escucha. Solo oye música y mira películas.
La democracia no muere gritando. Muere aplaudida; envuelta en banderas ajenas financiando tiranos,
y llamando progreso a la obediencia.
Mirar hacia otro lado ante violaciones sistemáticas de derechos humanos mientras exige sacrificios a su propia población ¿En nombre de quién se hace eso?
Desde luego, no en nombre del pueblo español.
El voto no autoriza al gobierno a convertirse en una ONG geopolítica selectiva, ni en financiador indirecto de regímenes criminales, ni en administrador immoral del dinero del pueblo soberano.
El voto no concede patente de corso para:
- Regalar nuestro dinero mientras se asfixia fiscalmente a los ciudadanos.
- Priorizar intereses exteriores mientras se cronifica la pobreza interna.
- Blindar relaciones “estratégicas” con dictaduras por razones energéticas, migratorias o comerciales.
Eso no es gobernar.
Eso es traficar con la soberanía nacional para convertirse en una democracia de cartón piedra sostenida por una monarquía comprada a un reyezuelo moralmente ilegítimo con un líder opositor atemorizado por el miedo a gobernar y enfrentarse a colectivos radicales dirigidos en la sombra por la ferocidad destrucriva del Sanchismo.
Ese es el último error. Y también el más letal que nos espera.