La Receta

Curar no siempre fue recetar

Hay algo admirable en aquellos viejos tratados médicos donde el autor mezclaba latín solemne, observación práctica, religión, experiencia personal y una confianza casi conmovedora en que el cuerpo humano aún podía entenderse sin algoritmos. “Modus faciendi cum ordine medicandi, a médicos y boticarios muy común y necessario”, de Fray Bernardino de Laredo, publicado en Sevilla en 1527, pertenece justamente a esa categoría. El primer libro de terapéutica escrito en español, a pesar de su inicio en título latino.

La medicina del siglo XVI convivía todavía con la teoría de los humores, sangrías, emplastos y una farmacopea donde convivían plantas útiles con sustancias completamente inútiles o incluso peligrosas. Sería absurdo reivindicar aquellos medicamentos concretos. La historia de la terapéutica no es un museo de reliquias, sino una larga cadena de ensayo y error donde la humanidad aprendió, a menudo a costa de sufrimiento, lo que servía y lo qué no.

Reducir este libro a sus recetas sería cometer un error. Porque lo verdaderamente interesante en el libro de Bernardino de Laredo no está tanto en lo que prescribía sino, en cómo entendía el acto de curar. Y ahí aparecen enseñanzas que siguen teniendo una vigencia indudable para la medicina moderna.

La primera es la importancia de la prudencia terapéutica. El viejo fraile parecía comprender algo que hoy vuelve a preocupar a muchos clínicos: no todo síntoma exige una intervención agresiva y no todo tratamiento mejora necesariamente al paciente. En una época donde el arsenal terapéutico era limitado, el médico observaba más y actuaba menos. La medicina contemporánea, por el contrario, corre con frecuencia el riesgo de convertir cada malestar en una indicación farmacológica. Hemos pasado de la escasez a la hiperactividad terapéutica.

La segunda enseñanza es la individualización. Bernardino de Laredo escribía para personas concretas, no para medias estadísticas. El enfermo tenía constitución, edad, temperamento, hábitos y circunstancias particulares. La medicina moderna presume de “medicina personalizada” gracias a la genética y la inteligencia artificial, pero durante siglos los médicos ya sabían algo elemental: no existen dos enfermos idénticos. La diferencia es que antes se miraba al paciente a la cara y ahora se mira primero la pantalla.

También resulta llamativa la importancia concedida al régimen de vida. Alimentación, descanso, clima, ejercicio moderado, serenidad del ánimo y orden cotidiano ocupaban un lugar central en la terapéutica antigua. Hoy, después de décadas fascinados por la píldora milagrosa, volvemos lentamente a descubrir que buena parte de las enfermedades crónicas dependen precisamente de esos factores.

Y quizá la lección más actual sea la humildad. Esa conciencia de límite generaba cautela. La medicina contemporánea, extraordinariamente poderosa, ha adquirido en ocasiones una peligrosa ilusión de omnipotencia. Sin embargo, basta una pandemia, una resistencia bacteriana o un fracaso terapéutico para recordar que la naturaleza conserva siempre la última palabra.

Tal vez por eso libros como el de Bernardino de Laredo conservan interés cinco siglos después. No porque debamos recuperar sus medicamentos, sino porque recuerdan algo esencial: la terapéutica no consiste únicamente en añadir fármacos, sino en comprender al enfermo, actuar con prudencia y aceptar que curar sigue siendo, en parte, un arte además de una ciencia.