Cuando el tratamiento eres tú: CAR-T
Cuando se habla de terapias CAR-T suele parecer que estamos ante algo casi futurista, pero la idea de fondo es sorprendentemente sencilla: utilizar las propias defensas del paciente como medicamento. En lugar de añadir otro fármaco más a la lista, se ‘reprograman’ sus células inmunitarias para que hagan mejor su trabajo.
CAR-T son las siglas de ‘Chimeric Antigen Receptor T cells’, es decir, linfocitos T modificados con un receptor quimérico. Traducido a lenguaje corriente: se extraen glóbulos blancos del propio paciente, se les enseña a reconocer el tumor y se devuelven al organismo para que lo ataquen de forma dirigida.
El proceso tiene varios pasos. Primero se realiza una leucoaféresis, una técnica parecida a una donación de sangre, con la que se separan los linfocitos T. Después, en un laboratorio especializado, esas células se modifican genéticamente para que expresen en su superficie un receptor artificial, el CAR, capaz de identificar una proteína concreta presente en las células tumorales. Una vez ‘entrenadas’, se multiplican hasta obtener millones de copias y se vuelven a infundir al paciente en una única administración. A partir de ahí, son esas células las que patrullan el organismo y destruyen el cáncer.
No se trata de un tratamiento de uso masivo ni de primera línea. Hoy se reserva, sobre todo, para enfermedades hematológicas graves como ciertos linfomas, la leucemia linfoblástica aguda B o el mieloma múltiple, generalmente cuando otros tratamientos han fracasado. En España, el Sistema Nacional de Salud ha ido incorporando progresivamente estas técnicas y ha organizado una red específica de centros acreditados para administrarlos. Desde 2019 hasta mediados de 2025 se han tramitado más de 2.700 solicitudes de tratamiento, con un crecimiento claro año tras año y una alta proporción de evaluaciones favorables, según el informe oficial del Ministerio de Sanidad.
La principal ventaja de las CAR-T es su capacidad para lograr respuestas profundas y duraderas en pacientes que ya no tenían apenas opciones. En algunos casos, lo que antes era una recaída casi segura se convierte en una remisión prolongada. Dicho así suena milagroso, pero conviene mantener los pies en el suelo: no todos los pacientes responden y el tratamiento no está exento de riesgos. Puede provocar efectos adversos importantes, como fiebre intensa, alteraciones neurológicas o el llamado síndrome de liberación de citoquinas, por lo que requiere hospitales muy especializados y vigilancia estrecha.
Además, es una terapia compleja y costosa. Cada tratamiento se fabrica prácticamente ‘a medida’, como un traje hecho por encargo, lo que explica su precio y la necesidad de una organización sanitaria muy coordinada.
En resumen, las CAR-T no son magia ni ciencia ficción. Son biología aplicada con ingenio: usar nuestras propias células como medicamento. Una idea elegante, casi clásica en su lógica, pero ejecutada con tecnología del siglo XXI. A veces el progreso consiste simplemente en enseñar mejor a lo que ya tenemos dentro.