Cuando el campo deja de producir alimentos para producir electricidad

España está viviendo un enfrentamiento que va a ir a más. Por un lado, se defiende el desarrollo de las energías renovables y, por otro, agricultores, ganaderos y organizaciones agrarias que advierten de que cada año desaparece más superficie dedicada a producir alimentos.

España necesita energía limpia, necesita reducir su dependencia energética exterior y necesita producir electricidad. Pero también necesita algo que parece que hemos olvidado: hemos de comer.

y nos hacemos una pregunta: ¿qué resulta más rentable para el propietario de la tierra? 

Un agricultor puede obtener un margen relativamente pequeño y, en determinados años, pérdidas. Los costes de semillas, fertilizantes, gasóleo, maquinaria, tratamientos y mano de obra se comen buena parte de los ingresos. Hay agricultores que hablan de unos pocos cientos de euros por hectárea de resultado y, en campañas malas, de pérdidas.

Mientras tanto, una empresa fotovoltaica ofrece al propietario de la tierra alrededor de 1.000 a 2.000 euros por hectárea y año, y los contratos se extienden 20, 30 o incluso 35 años.

En Carmona, Sevilla, un agricultor explicó que cultivando trigo obtenía alrededor de 100 euros por hectárea, mientras que alquilando el terreno para una instalación fotovoltaica pasó a recibir 1.900 euros por hectárea y año.

No podemos pedirle a un agricultor que pierda dinero por mantener una tierra produciendo alimentos cuando el mercado le ofrece multiplicar sus ingresos instalando placas solares. Pero una hectárea que deja de producir cereal no desaparece solamente de las estadísticas agrícolas. Desaparece capacidad de producción alimentaria. Y al final España puede terminar importando más alimentos mientras exporta electricidad.

El asunto no consiste en paralizar las renovables. Hay terrenos industriales, cubiertas de naves, polígonos, aparcamientos, superficies degradadas y muchas otras posibilidades donde colocar paneles sin competir directamente con la agricultura. Y existe además la agrovoltaica: que consiste en combinar producción agrícola y generación eléctrica sobre una misma superficie. La propia industria fotovoltaica defiende esta posibilidad como una forma de compartir el recurso tierra.

Por tanto, el debate no ha de ser, renovables sí o renovables no. Ha de ser ¿qué terrenos deben utilizarse para producir energía y qué terrenos debemos reservar para producir alimentos? 

Porque si dejamos que sea únicamente el dinero quien decida el futuro de la tierra la respuesta será muy sencilla. Los propietarios producirán aquello que resulte más rentable.

Y si producir electricidad paga diez o veinte veces más que producir cereal, habrá agricultores que abandonen el cultivo. Y en ese caso tenemos la responsabilidad de descubrir demasiado tarde que un país puede importar electricidad, pero si llega una crisis internacional, importar alimentos puede convertirse en un problema de seguridad nacional.

Y el mensaje final para quienes mandan en el país , con la petición de que hagan suyo el problema de futuro , es el siguiente 

La energía es necesaria y estratégica, pero la comida también, no lo olvidemos.