Comprar te está volviendo inútil
Seamos honestos: ya no hacemos casi nada por nosotros mismos.
Necesitamos algo y, antes incluso de pensar qué es exactamente, ya estamos entrando en Amazon. No para comparar. Para ejecutar. Dos clics y listo. Problema resuelto sin que el cerebro haya tenido que participar demasiado.
Es cómodo. Es rápido. Y sí, muchas veces es barato.
Pero también es una trampa.
Porque cada vez que eliges no hacer nada —no pensar, no probar, no reparar, no fabricar— te vuelves un poco más dependiente. Y la dependencia no se nota el primer día. Se nota cuando algo falla.
Cuando no llega el paquete.
Cuando no hay stock.
Cuando el sistema deja de ser tan perfecto como prometía.
A lo largo de la historia, en cada momento crítico, los que sabían hacer cosas sobrevivían mejor. No los más ricos. No los más rápidos. Los que podían fabricar, adaptar, improvisar. Los que entendían el mundo material, aunque fuera de forma imperfecta.
Hoy hacemos justo lo contrario.
Nos entrenamos para no saber.
Para no tocar.
Para no entender.
Compramos objetos sellados, irreparables, diseñados para no ser abiertos. Manuales que no explican nada. Productos que funcionan “por magia”. Y cuando algo se rompe, lo tiramos. No porque no tenga arreglo, sino porque no tenemos ni la curiosidad ni la paciencia para intentarlo.
Eso no es eficiencia. Es debilidad estructural.
Nos estamos convirtiendo en usuarios impecables y ciudadanos torpes. Gente que sabe deslizar el dedo, pero no desmontar una carcasa. Que sabe pagar, pero no fabricar. Que depende de sistemas complejos que no entiende y que, cuando fallen, no sabrá cómo reaccionar.
Y ahora pensemos en algo muy simple.
Un objeto que todos usamos.
Un objeto banal.
Un soporte para el móvil.
Cuesta cinco euros. A veces menos. Hay miles. De plástico. De metal. Ajustables. Plegables. Magnéticos. Lo compras sin pensar. Llega mañana. Lo usas. Se rompe. Lo tiras. Compras otro.
Pero ese objeto es el síntoma perfecto.
Porque un soporte para el móvil es exactamente el tipo de cosa que podrías hacer tú. Con cartón. Con madera. Con una impresora 3D. Con una pieza reciclada. Con un diseño mejor adaptado a tu mesa, a tu ángulo, a tu forma de trabajar. Podrías hacerlo en una tarde. Y aprenderías algo por el camino.
No lo haces porque no merece la pena.
O eso crees.
Pero cada objeto que no intentas hacer es una oportunidad perdida de entrenar algo más importante que el resultado: tu capacidad de hacer. De pensar. De entender. De no depender siempre de otros.
Comprar es fácil.
Hacer es incómodo.
Pero solo uno de los dos te prepara para cuando las cosas no sean tan fáciles.
Así que la próxima vez que vayas a pulsar “comprar ahora” para algo tan simple como un soporte para el móvil, quizá merezca la pena parar un segundo y preguntarte:
—¿Y si lo intento yo?
Porque fabricar —aunque sea algo pequeño— sigue siendo una de las mejores formas de no volverte débil en un mundo que no siempre va a funcionar como una tienda online.
Y eso, hoy, es más importante de lo que parece.