La Montaña Mágica

Colombia, el país de la belleza

Colombia, es quizás, uno de los países mejor ubicados geopolíticamente. Con dos mares -el Caribe y el Pacífico- tres ramificaciones de la cordillera de Los Andes, el país posee una variedad de pisos térmicos, que hacen que tenga todos los climas posibles. Desde el desierto caluroso de la Guajira, pasando por el clima templado de la sabana de Bogotá, hasta los volcanes ubicados en el sur de Nariño, hacen que nuestro país sea, cada vez más, un territorio visitado por cientos de miles de turistas venidos de todas las partes del mundo.  

A pesar de estas maravillas de la naturaleza, como diría hace dos siglos, el misionero español, Fray Juan de Santa Gertrudis, el país, desde su fundación, ha acarreado con un lastre social, que no le permite entrar en las grandes ligas de los países democráticos del mundo: la desigualdad social.

Desde los tiempos de la Independencia con España, en Colombia se conformó una élite criolla, que enseguida, se apropió de las mejores tierras, antes de propiedad común de los indígenas.

Colombia nació como un país de haciendas y de hacendados. Un país de latifundistas, donde el noventa por ciento de la tierra estaba en manos de los terratenientes; el diez por ciento, en manos de los campesinos.

Esto fue generando una desigualdad social en el campo, que luego, cuando se crearon las primeras urbes y metrópolis, se fue acrecentando, hasta llegar a convertir a Colombia, en uno de los más desiguales del mundo, después de Sudáfrica y Namibia.

A lo largo de años, algunos gobiernos han intentado reducir esta brecha social, pero las élites nacionales, en aras a tener sus bolsillos llenos, se oponen a las reformas agrarias, laborales y sociales, para seguir reproduciendo la pobreza.

Esta ecuación de la desigualdad, comenzó a romperse cuando Gustavo Petro Urrego ganó las pasadas elecciones con una votación de más de once millones de votos.

A través de sus senadores y representantes al Congreso, el presidente inició su mandato proponiendo ante esta instancia legislativa, las diferentes reformas sociales, que permitirían comenzar a cerrar la brecha entre ricos y pobres.

Pero, enseguida, las reformas fueron torpedeadas por los legisladores de la derecha, que no quieren el cambio, y por el contrario, prefieren el statu quo.

A esta oposición sin freno, se unió la prensa y la televisión privadas, que, olvidando su rol en una democracia, tomaron partido contra el gobierno.

Gustavo Petro ha sido el presidente más calumniado de la historia política del país, y sin embargo, el más reconocido como líder mundial.

Hoy, a nueve días de las elecciones presidenciales, existen dos propuestas. Una, la profundización del cambio social, que está representada en Iván Cepeda y su candidata a la Vicepresidencia, la indígena Nasa, Aída Quilcué.

Dos, la propuesta de la derecha, representada en Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella, que se niegan a las reformas sociales, defienden el capital (incluyendo, el non sancto) y aplauden la seguridad, al estilo Bukele.

El cambio social, que tanto necesita Colombia, depende del voto ciudadano.

El próximo 31 de mayo, votemos masivamente, y en paz.