Colombia en su hora de la verdad
Los días están contados. Las últimas cartas están abiertas sobre la mesa y una contienda electoral que está marcando historia en Colombia se acerca, por fin, a su hora de la verdad.
El 31 de mayo no es una fecha más en el calendario político colombiano. Es el día en que este país deberá decidir qué quiere ser. Y lo curioso —lo verdaderamente revelador— es que la respuesta más honesta no la están dando los discursos ni los debates. Le está dando, silenciosamente, las cifras.
Porque las encuestas, esas que tanto se manipulan y tanto se malinterpretan, están contando esta vez una historia que vale la pena leer con cuidado. Iván Cepeda lidera la primera vuelta. Eso es un hecho. Pero liderar la primera vuelta en Colombia, como bien saben los que conocen este oficio, no es lo mismo que ganar la presidencia. Aquí es donde empieza lo interesante.
Abelardo de la Espriella ha hecho algo que pocos creían posible: hace apenas seis meses se convirtió en el hombre que más le preocupa al gobierno de turno y, al mismo tiempo, en el candidato que mejor lee el estado de ánimo de una ciudadanía agotada. No llegó montado en una maquinaria. No viene con el sello de un partido que cargue décadas de mermelada y clientelismo. Llegó desde los tribunales, desde la defensa pública, desde ese mundo donde las palabras tienen consecuencias reales. Y eso, en un país que lleva años desconfiando de los políticos de carrera, vale más de lo que cualquier encuesta puede medir.
Sus propuestas son concretas: seguridad sin ambigüedades, reactivación económica desde el sector privado, una postura frente al Estado que no se disculpa ni se enreda en eufemismos. En un país donde la ambigüedad se ha vuelto el idioma oficial de la política, ese lenguaje directo conecta. Y conecta fuerte.
Mientras en Colombia se libra esta batalla política interna, el mundo también observa con atención el rumbo que tomará el país. No es casualidad que, desde Madrid, el gobierno de Pedro Sánchez haya reforzado su interés en América Latina y especialmente en Colombia, entendiendo que la estabilidad institucional de la región ya no es un asunto local, sino geopolítico. España sabe que una Colombia débil, polarizada y enfrentada con el sector productivo termina afectando inversiones, cooperación y confianza internacional. Hoy las relaciones internacionales no se construyen solo con discursos diplomáticos; se sostienen sobre la credibilidad política y económica de los gobiernos. Y ahí es donde Colombia también se juega su futuro: en demostrarle al mundo si seguirá atrapada en la incertidumbre ideológica o si volverá a ser un país confiable para la democracia, la seguridad y la inversión.
Abelardo de la Espriella se consolida como una de las figuras que más crece en el escenario político nacional. No por arrastre ideológico, sino porque el electorado reconoce en él una alternativa distinta, construida desde abajo y sin tutores políticos. En política, gana el que tiene algo real que decir. Y en esta elección, Abelardo lo tiene.
Colombia está ante una encrucijada que no se resuelve con consignas. Se resuelve con votos. Y los votos, cuando llegan al tarjetón, tienen una lógica propia que los analistas a veces olvidamos: la gente vota por el que siente más cercano a lo que necesita, no a lo que le prometen.
En esa lógica, Abelardo de la Espriella no es el candidato de la derecha ni el heredero de nadie. Es el candidato del momento. Y el momento, en Colombia, lo es todo. Los días están contados. Y cuando se cuenten los votos, puede que este país se sorprenda a sí mismo.