La hija de Hipócrates

Cirugía estética en menores: una reflexión urgente

La cirugía estética en menores de edad es un asunto complejo, sensible y profundamente actual. Como Médico, Cirujana y madre de hijos adolescentes considero imprescindible abordarlo con serenidad, lejos del sensacionalismo y de los discursos simplistas. Hablamos de salud, no de tendencias. Y cuando hablamos de menores, la prudencia no es una opción: es una obligación.

Vivimos en una sociedad dominada por la imagen: redes sociales, filtros, comparaciones constantes y modelos irreales de belleza que ejercen una presión silenciosa pero intensa, también — y cada vez más — sobre niños y adolescentes. Este contexto nos obliga a los profesionales sanitarios a preguntarnos hasta qué punto estamos protegiendo a los menores o, por el contrario, contribuyendo a medicalizar inseguridades propias de una etapa vital en pleno desarrollo.

Hay un principio clave que no conviene olvidar: la cirugía estética no debe entenderse en ningún caso como un acto de consumo ni como una respuesta inmediata a modas, complejos pasajeros o expectativas ajenas, y mucho menos en el caso de un menor. El cuerpo de un menor está en proceso de crecimiento, y su identidad emocional y psicológica aún se está construyendo por lo que intervenir sobre él exige un criterio clínico sólido y una enorme responsabilidad ética.

Ahora bien, negar de forma absoluta cualquier posibilidad de intervención sería igualmente injusto y poco riguroso. Existen situaciones muy concretas en las que la cirugía puede tener un claro beneficio terapéutico, si bien es cierto que aunque en muchos casos el fin último sea estético, el carácter es reparador: malformaciones congénitas, asimetrías severas, secuelas de traumatismos, algunas gigantomastias y orejas en soplillo u otras alteraciones que generan un sufrimiento psicológico profundo, persistente y objetivable. En estos casos, la cirugía debe ser pedida por el menor (no por sus progenitores) y debe perseguir aliviar el sufrimiento, mejorar la calidad de vida y proteger la salud mental. 

No debemos olvidar que toda cirugía conlleva riesgos: anestésicos, quirúrgicos, cicatrices, resultados no deseados y consecuencias a largo plazo. En el caso de los menores, estos riesgos se amplifican, porque las decisiones pueden ser en muchos casos, irreversibles y se toman en un momento vital todavía inmaduro.

Como profesionales sanitarios, tenemos la obligación de poner límites y decir no cuando la intervención médica o quirúrgica no esté indicada o no sea el momento adecuado. Además, debemos proteger al menor frente a presiones externas, expectativas sociales o intereses económicos. Y como sociedad, tenemos el deber de educar en autoestima, diversidad corporal y pensamiento crítico, para que la imagen no se convierta en una carga precoz.

La cirugía estética en menores debe ser siempre la excepción, nunca la norma. Una excepción cuidadosamente estudiada, éticamente justificada y médicamente indicada.

Porque cuando hablamos de menores no hablamos sólo de cuerpos: hablamos de personas en construcción. Y la Medicina, si quiere seguir siendo digna de ese nombre, debe recordar siempre que su primera función no es transformar, sino proteger.