La ciencia lo dice… ¿o eso nos dicen?
Hay algo fascinante en nuestro tiempo: cualquier idea, por absurda que sea, consigue convertirse en consenso en cuestión de semanas. Basta con repetirla lo suficiente, adornarla con tres palabras técnicas y colocarle el inevitable “según los expertos”. Entonces ya no es una opinión: es una verdad revelada. Y quien dude, naturalmente, pasa a formar parte del club de los sospechosos habituales.
Por eso, cuando alguien me explica con entusiasmo una nueva certeza colectiva, suelo responder lo mismo: convénzanme. Pero de verdad, porque de momento, lo confieso sin dramatismo, no me lo creo.
No es un problema de actitud negativa. Es una cuestión de higiene intelectual. Durante siglos, el progreso del conocimiento se apoyó precisamente en eso: en dudar. Galileo dudó. Pasteur dudó. Incluso los médicos de antes, tenían la sana costumbre de no tragarse la primera teoría que aparecía envuelta en papel de celofán.
Hoy ocurre lo contrario. La duda se ha convertido en una especie de delito social. Si no repites inmediatamente la consigna del momento, alguien insinuará que tienes intereses ocultos, que no entiendes la ciencia o, peor aún, que perteneces a una misteriosa conspiración mundial cuyo único objetivo parece ser llevar la contraria.
Lo curioso es que muchas de estas certezas modernas nacen en un ecosistema donde conviven marketing, publicaciones científicas de impacto discutible y una industria de la comunicación que necesita titulares nuevos cada semana. El resultado es un fenómeno curioso: ideas que pasan de hipótesis preliminar a dogma social sin pasar por la incómoda fase de demostrar que funcionan. Basta mirar el desfile semanal de soluciones milagrosas: tratamientos adelgazantes que prometen derrotar a la biología, terapias regeneradoras para cualquier articulación cansada o suplementos que aseguran reparar el cuerpo entero con dos cápsulas al día.
Entonces aparece la presión moral. “La evidencia lo dice”. “Todos los expertos coinciden”. “La ciencia es clara”. Frases que, curiosamente, suelen utilizarse justo cuando la ciencia ni siquiera está discutiendo el asunto.
Conviene recordar algo elemental: la ciencia no funciona por unanimidad ni por entusiasmo colectivo. Funciona por pruebas. Pruebas que se repiten, que se contrastan y que sobreviven al paso del tiempo. Lo demás es fabulación.
Así que aquí estoy, dispuesto a escuchar. Explíquenlo, argumenten, presenten datos sólidos, estudios replicados y resultados consistentes. Nada me alegraría más que cambiar de opinión ante un trabajo científico consistente.
Pero hasta que llegue ese momento, permítanme mantener una vieja costumbre que, curiosamente, fue durante mucho tiempo la base misma del pensamiento científico: dudar.
Si algo ha demostrado la historia es que la humanidad avanza gracias a quienes preguntan “¿estamos seguros?”, no a quienes responden demasiado deprisa “por supuesto”.
Al final, uno acaba recordando aquella vieja etiqueta de Anís del Mono en la que un simio con cara de Darwin – también curiosamente parecida al ministro Puente - sostiene un cartel que dice: ‘Es el mejor. La ciencia lo dijo y yo no miento’. A veces da la impresión de que seguimos creyendo en la frase, aunque hayamos olvidado comprobar la verdad.