Ojo de agua

Campanas para Óscar Delgado

Invisible y perdurable. Su palabra ilumina el silencio. Es uno de los  más grandes poetas de habla castellana.  Durante casi medio siglo, cuarenta y cinco años para ser exactos, los versos de Óscar Delgado (Santa Ana, Magdalena, Colombia, 1910- Santa Ana, 1937), estuvieron perdidos, ignorados y dispersos en revistas y periódicos, hasta que, en 1982, gracias a  su amigo, Carlos Alemán Zabaleta, que lo conoció desde niño y conservó sus  escritos, Colcultura editó un cuadernillo con el nombre de “Campanas Encendidas”. El título es uno  de sus versos. La edición fue impulsada por el poeta Santiago Mutis y seleccionada por Alemán Zabaleta.

Óscar hablaba de su aldea como una música al pie del agua, en el río Magdalena. Sentía al país en las manos de una mujer, el “lento país fragante de tus manos perdidas”.  Estaba poseído por un alfabeto de silencios de hierba que suenan a piano, guitarra, laúd, flauta, gaita, tambores de piel de chivo, acordeones y vientos que cantan debajo de las piedras. “La lenta sombra de las hojas mide las distancias del tiempo y de la música”, sentencia uno de sus versos. “El viento de oro del crepúsculo, agua de oro de las campanas” . Óscar oía “toda la lluvia en fa menor”. Soñó publicar antes de cumplir sus 27 años, su primer libro que tenía tres títulos tentativos:  “Guitarras de una noche”,  “Breves canciones de antes”, “Canciones falsas”. Eran 22 poemas en verso y 27 textos en prosa poética, que completaban 47 textos de  singular belleza. Tanto sus cartas y textos periodísticos son textos poéticos. Era un mago con la metáfora, comparable a la estatura lírica del gran Aurelio Arturo.

Óscar Delgado junto a su padre Temístocles, los dos liberales en un pueblo de conservadores, fueron asesinados el  11 de abril de 1937, en medio de una concentración conservadora que planeó en Santa Ana, sus muertes atroces. Temístocles desistió ser alcalde para no inhabilitar a su hijo que aspiraba a ser diputado. La turba amenazante llegó a la casa del poeta elegido diputado. Al padre  lo mataron a machetazos. Al poeta  lo mató un cazador de tigres, de un disparo en la cabeza. Un acto  espantoso de  monstruosa sevicia. 

Desde que  descubrí la poesía de Óscar Delgado quedé atrapado en su embrujo. Fui a conocer a Carlos Alemán para que me hablara de su amigo y me lo describió  “bajito, delgado, moreno, introvertido, con un gran sentido del humor. Sorprendía la manera de reírse. La suya era una sonrisa de oreja a oreja. Le gustaba pintar paisajes y tocar vals y mazurcas en el piano. Había estudiado piano con el maestro Emirto de Lima”.  Algo de la música y de la pintura fluía en sus versos, algo que flotaba con fina y etérea sensibilidad.

“Aquel día fue el más triste de mi vida”, me dijo Carlos Alemán, llorando inconsolable, con profunda desazón en el alma. “Fue el día en que mataron a mi amigo”.