Cinco sentidos

Bendita insolencia

Solemos pensar negativamente en la insolencia. Y es lógico: la definimos como falta de  respeto, oposición a las reglas, desafío a la autoridad o actitud descarada. 

Por eso pensamos que la insolencia surge y se desarrolla, casi naturalmente, durante la  adolescencia. Dice Arturo Pérez-Reverte, y lo repite en algunos de sus personajes jóvenes,  que no ser insolente en la juventud es ir por mal camino. 

Hay, en ello, una extraña contradicción, profundamente humana y necesaria. Porque desde  muy temprano aparece el por qué. Y durante la adolescencia esa pregunta cobra un nuevo  significado: cuestionarlo todo es, muchas veces, necesario para fortalecer la personalidad,  elegir caminos y construir convicciones, antes de que la madurez termine escondiendo  aquella insolencia debajo de la alfombra. 

Pero estos tiempos de cambios abruptos, de certezas impuestas y de palabras que parecen  cambiar de significado nos reclaman otra clase de insolencia. 

No la insolencia de la ignorancia atrevida, ni la del adolescente que desafía por desafiar.  Una insolencia más profunda: la de quien se atreve a preguntar, a pensar por sí mismo, a no  aceptar aquello que se presenta como verdad simplemente porque alguien decidió que  debía serlo. 

Me quedo con la definición etimológica: insolens, del latín, aquello que no es habitual, que  rompe con la costumbre establecida. No en el sentido peyorativo de “maleducado”, sino  como la capacidad de atreverse a lo insólito. 

Y entonces pienso en Francisco y Clara de Asís. 

San Francisco fue profundamente insolente. Renunció públicamente a la riqueza y a la  herencia familiar, eligió la pobreza, besó a un leproso y cruzó las líneas de un ejército para  encontrarse, sin armas, con el sultán Al-Kamil. Incluso ante la poderosa Iglesia de su  tiempo sostuvo una idea radical: vivir el Evangelio desde la pobreza. 

Santa Clara fue, quizá, aún más insolente. En el siglo XIII, siendo mujer, abandonó su casa  para seguir ese camino y sostuvo durante años su decisión de no poseer nada. Llegó a  obtener el llamado “Privilegio de la Pobreza”, defendiendo ante la propia jerarquía  eclesiástica aquello en lo que creía. 

Ellos no fueron insolentes porque despreciaran las reglas. Fueron insolentes porque se  atrevieron a preguntarse si esas reglas podían ser diferentes. 

Quizá hoy también necesitemos esa insolencia.

La que no destruye, sino que cuestiona. La que no impone, sino que piensa. La que no falta  el respeto, sino que se niega a renunciar a la verdad. 

Porque hay momentos en que obedecer lo establecido es lo fácil. 

Y atreverse a ser diferente, lo verdaderamente necesario. 

Bendita, entonces, esa insolencia que todavía nos permite ser.