Autonomía estratégica para medicamentos, antes de que ocurra lo de los trenes
España no es, ni mucho menos, un país desbocado en consumo de medicamentos. Más bien al contrario. Frente al tópico del “gasto farmacéutico disparado”, los datos dibujan un escenario bastante más prudente: crecimiento moderado, comportamiento estable y niveles de utilización que siguen por debajo de la media de la OCDE. El sistema no está fuera de control. Funciona, y lo hace con bastante racionalidad.
En 2025 se dispensaron 1.178 millones de recetas y el gasto en farmacia alcanzó los 13.855 millones de euros. En hospitales el gasto supera los 11.000 millones de euros, que hay que sumar a los de las recetas. El aumento fue contenido en las recetas, un 3,82%, aunque no tanto en hospitales, un 7,8% por el precio de algunos medicamentos, principalmente oncológicos.
A esto se suma algo que a menudo se da por hecho: la experiencia del ciudadano. España conserva una red de farmacias cercana, una distribución que llega prácticamente a cualquier municipio y hospitales que garantizan acceso rápido a tratamientos complejos. No es casualidad ni magia. Es el resultado de décadas de organización profesional, planificación logística y colaboración público-privada. Un modelo poco vistoso, pero extraordinariamente eficaz.
El problema es que los sistemas que parecen sólidos suelen ser los que más rápido olvidamos cuidar.
La pandemia y las tensiones geopolíticas han demostrado que la disponibilidad de medicamentos no depende solo de la prescripción o del presupuesto. Depende también de algo mucho menos visible: dónde se fabrican los principios activos y los medicamentos terminados, cuántos proveedores existen, qué reservas hay almacenadas y cuán robusta es la cadena de suministro. Basta un fallo en esa cadena para que aparezcan desabastecimientos inesperados, incluso en países con sistemas sanitarios avanzados.
Algo parecido hemos vivido con otras infraestructuras. Durante años presumimos del modelo ferroviario español, ejemplo de modernidad y eficiencia. Hasta que una sucesión de fallos técnicos recordó que la vulnerabilidad existe y que lo que parecía un éxito incuestionable podía convertirse en un problema. Con los medicamentos, el coste de un tropiezo sería bastante más serio.
De ahí la importancia del debate sobre la autonomía estratégica sanitaria. El estudio presentado en el Congreso de los Diputados sobre Autonomía estratégica en salud, promovido por la Fundación Cofares y la Universidad de Alcalá, plantea una idea sencilla: no se trata de gastar más, sino de planificar mejor. Identificar medicamentos esenciales, críticos y estratégicos, reforzar la producción local, diversificar proveedores, mejorar la gobernanza de los datos y mantener reservas y capacidades logísticas que permitan reaccionar con rapidez
El consumo de medicamentos crece hoy con moderación y la satisfacción de los usuarios es alta. Es una buena noticia. Pero también una advertencia. La autonomía estratégica no se construye en mitad de la crisis, sino antes. Las reservas no se improvisan y las fábricas no se levantan de un día para otro.
Conviene reforzar el sistema ahora, cuando todo parece normal y antes de que nos pase lo de los trenes.