Julio Borges: “La democracia no muere cuando pierde elecciones, sino cuando pierde el alma”

Julio Borges
Julio Borges coordina La crisis espiritual de la democracia: polarización, totalitarismo, relativismo, un libro coral que reúne a más de treinta pensadores de Europa, Estados Unidos e Hispanoamérica para analizar un mal que va más allá de la coyuntura política.

Desde su experiencia venezolana y apoyado en un sólido diálogo intelectual, Borges advierte que la democracia contemporánea no solo sufre un desgaste institucional, sino una erosión más profunda: la pérdida de su fundamento moral. En esta entrevista reflexiona sobre el vaciamiento del lenguaje democrático, el relativismo, la polarización y la necesidad urgente de devolverle alma a la política.

Usted sostiene que la democracia atraviesa una crisis espiritual, no solo política. ¿En qué momento percibió que el problema era más profundo que las instituciones?

Lo percibí con claridad cuando entendí que el régimen podía destruir las instituciones sin necesidad de abolirlas. En Venezuela vimos cómo se mantenían palabras —“elecciones”, “tribunales”, “Constitución”, “Parlamento”— mientras se vaciaban por dentro. Y eso no se explica solo con ingeniería legal o abuso de poder: se explica por una ruptura más profunda, la ruptura con la verdad, con la conciencia moral y con la dignidad humana. La “crisis espiritual” aparece cuando el poder ya no se siente obligado por nada superior: ni por la verdad, ni por la justicia, ni por el bien común. En ese momento, la ley se vuelve instrumento, el lenguaje se vuelve propaganda, y la libertad se vuelve una palabra que se usa contra la libertad. Por eso este libro reúne a más de 30 autores de Europa, Hispanoamérica y Estados Unidos: porque el problema no es venezolano; es global. Joseph Weiler (EE. UU.) lo dice desde Europa: no basta la “Santísima Trinidad” de democracia, derechos humanos y Estado de derecho si queda vacía de contenido moral. José Antonio Marina (España) lo expresa como pérdida del “sentido” de la política. Y Borghesi (Italia) muestra cómo la tecnocracia y el populismo son dos síntomas del mismo vacío. La crisis es espiritual porque lo que se está erosionando es el alma de la democracia.

¿Qué cambia en nuestra forma de entender la democracia cuando dejamos de verla solo como un procedimiento y empezamos a pensarla como una cuestión moral?

Cambia todo. Si la democracia es solo un procedimiento, entonces basta con “cumplir” reglas. Pero si la democracia es una cuestión moral, entendemos que necesita personas formadas, instituciones con límites reales, y un horizonte de verdad y bien común. Una democracia procedimental puede ser capturada: se respetan formalidades mientras se aplasta la conciencia pública. En cambio, una democracia moral reconoce que hay valores prepolíticos —anteriores al voto— sin los cuales el procedimiento se vuelve hueco. Ratzinger lo subrayó con fuerza: la dignidad humana, la libertad de conciencia, el respeto a la vida, la familia, la verdad como bien público. David Walsh (EE. UU.) lo llama el secreto de la resiliencia liberal: la democracia se sostiene si reconoce que la persona tiene un valor absoluto que el Estado no puede otorgar ni quitar. Y Sánchez Cámara (España) advierte que la democracia no garantiza por sí misma la justicia: necesita fundamento, necesita virtud cívica. Cuando entendemos esto, dejamos de pedirle a la democracia que sea un “software” que funciona solo, y asumimos que es un arte humano, exigente, que requiere alma.

En el libro se insiste en que la democracia no se agota en el voto. ¿Qué hemos sacrificado al reducirla a la lógica de mayorías y minorías?

Hemos sacrificado tres cosas esenciales: la verdad, la persona y la responsabilidad. Primero, la verdad: cuando todo se reduce a ganar votaciones, la discusión deja de ser búsqueda de lo verdadero y lo justo, y se convierte en una lucha por imponer narrativas. Segundo, la persona: la democracia se vuelve estadística, masa, audiencia. Y tercero, la responsabilidad: el ciudadano se convierte en consumidor político que “evalúa servicios”, pero no se siente llamado a sostener la vida común. Weiler lo expresa con precisión: derechos humanos, democracia y Estado de derecho son condiciones necesarias, pero no suficientes; si están vacíos, no orientan la libertad. Marina lo explica desde otra esquina: la política era la cima de la creación humana porque buscaba la “felicidad pública”; cuando se reduce a trámite, se degrada. Y aquí aparece un punto muy actual: cuando la democracia se vuelve solo aritmética, se vuelve frágil frente a la tecnocracia (el gobierno de expertos sin alma) o frente al populismo (el gobierno de emociones sin freno). Por eso este libro insiste en volver al fondo: sin cultura cívica, sin sentido de comunidad, sin verdad compartida, el voto por sí solo no salva nada.

Uno de los ejes del ensayo es el relativismo. ¿Puede una democracia sobrevivir sin algún acuerdo básico sobre la verdad y la justicia?

Puede sobrevivir un tiempo como estructura… pero no como democracia viva. El relativismo no es neutral: termina convirtiéndose en la ley del más fuerte, del más hábil, del que controla el lenguaje, la cultura o la tecnología. Si no existe un acuerdo mínimo sobre lo verdadero y lo justo, el espacio público se vuelve un mercado de opiniones donde gana el que grita más o manipula mejor. Francisco Fernández Labastida (México) lo plantea con claridad: una democracia sin verdad termina destruyendo la libertad, porque ya no hay criterio para defender a la persona frente al poder. Y Juan Miguel Matheus (Venezuela) muestra cómo el derecho puede convertirse en “pilático” u “orwelliano”: o se lava las manos ante el mal, o lo justifica con legalidad aparente. Yo lo he visto en Venezuela: cuando el poder logra imponer que “todo es opinable”, entonces la injusticia se vuelve discutible y la dignidad negociable. Por eso el libro insiste tanto en los valores prepolíticos: no para imponer una religión o una ideología, sino para proteger la condición humana. Sin ese suelo, la democracia no se renueva: se disuelve.

¿Hasta qué punto la polarización actual es una consecuencia inevitable del pluralismo o, más bien, un síntoma de su deterioro?

El pluralismo sano implica diversidad con reglas, diálogo y un suelo compartido. La polarización destructiva aparece cuando se rompe ese suelo y el adversario deja de ser adversario para convertirse en enemigo moral. Nikolaus Werz (Alemania) lo analiza como debilitamiento del orden liberal: cuando el liberalismo queda reducido a procedimiento, pierde su capacidad de generar integración y sentido, y la política se tribaliza. Borghesi (Italia) lo conecta con la dialéctica tecnocracia–populismo: la gente reacciona contra élites que administran sin escuchar, y esa reacción se vuelve emocional y totalizante. Así que no: la polarización no es “inevitable” por pluralismo. Es síntoma de un pluralismo que perdió su centro moral.

Usted advierte sobre derivas totalitarias dentro de sistemas formalmente democráticos. ¿Cuándo una democracia empieza a vaciarse sin dejar de parecerlo?

Empieza a vaciarse cuando la democracia deja de ser un camino hacia la libertad y se convierte en un método para administrar obediencia. Se mantiene la fachada —elecciones, parlamento, medios— pero se desfigura el contenido: se captura la justicia, se domestica la prensa, se persigue la conciencia, se reescribe el lenguaje. En mi capítulo, “Las democracias totalitarias”, sostengo que hoy el totalitarismo puede venir con traje democrático. No necesita cerrar el Congreso: puede convertirlo en decorado. No necesita prohibir la prensa: puede asfixiarla con miedo, propaganda o dependencia económica. No necesita abolir la ley: puede usarla como arma. Matheus lo ilustra en el ámbito jurídico: cuando el derecho se separa de la verdad, se vuelve instrumento. Weiler lo advierte con su metáfora de la Trinidad “vacía”: sin orientación moral, la democracia puede hacer legal la injusticia. Y Sánchez Cámara recuerda que la democracia no es sinónimo de libertad: puede favorecer el orden, incluso un orden opresivo, si pierde alma.

Desde su experiencia política, ¿qué señales solemos minimizar cuando ese vaciamiento ya está en marcha?

Minimizamos tres señales: 1. La captura de la justicia (“es solo un nombramiento más”). 2. La manipulación del lenguaje (“es solo retórica”). 3. La resignación ciudadana (“la gente está cansada, ya pasará”). En Venezuela, cada una de esas señales fue un escalón hacia la noche.

El libro señala que no hay una frontera real entre políticos y ciudadanos. ¿Nos hemos acostumbrado a delegar demasiado y exigir demasiado poco?

Sí. Y esa es una de las raíces de la crisis: la idea cómoda de que la política es un oficio ajeno. Cuando delegamos todo, el poder se independiza de la sociedad. Y cuando exigimos poco, la mediocridad se vuelve costumbre. Elena Álvarez-Álvarez (España) lo plantea desde la ciudadanía: sin pensamiento crítico y compromiso con el bien común, la libertad se convierte en consumo. Weiler lo dice de otro modo: pasamos de república a clientelismo, de ciudadanos a “accionistas” que solo piden dividendos.

¿Puede sostenerse una democracia con ciudadanos desencantados que ya no esperan nada de la política?

No por mucho tiempo. El desencanto es comprensible, pero si se vuelve hábito, abre el camino a los salvadores, a los cínicos o a los tecnócratas que prometen eficacia sin libertad. La democracia necesita esperanza adulta: no ingenua, pero sí perseverante.

La obra interpela especialmente a los jóvenes. ¿Qué responsabilidad les corresponde en un sistema que sienten heredado y ajeno?

A los jóvenes les corresponde lo más difícil y lo más hermoso: recuperar el sentido. Ustedes no heredaron solo un sistema político; heredaron una batalla cultural sobre lo que significa ser humano, ser libre, ser justo. Si la democracia se vacía, no es por falta de leyes: es por falta de convicciones. Por eso el libro está pensado para jóvenes universitarios y de bachillerato: para abrir debates, no para cerrar discusiones. Marina (España) habla de la necesidad de elevar la política nuevamente a su cima: la creación de convivencia justa. Paola Bautista (Venezuela) recuerda que la crisis de los partidos es antropológica: sin interioridad moral, no hay representación sólida. Walsh (EE. UU.) insiste: la democracia se salva cuando se redescubre la dignidad personal. Mi invitación a los jóvenes es directa: no se queden en la queja ni en el cinismo. Organícense, formen criterio, defiendan la verdad con valentía y sin fanatismo. La política del futuro será, en gran medida, la política de quienes hoy deciden si la libertad vale la pena.

En un espacio público cada vez más secularizado, ¿qué lugar puede tener hoy la dimensión espiritual sin ser expulsada del debate?

La dimensión espiritual no tiene que ser imposición religiosa; es reconocer que hay preguntas que la técnica no responde: ¿qué es la dignidad?, ¿qué es justicia?, ¿qué vida merece ser protegida?, ¿qué significa el bien común? Weiler lo dice con fuerza: no solo de pan vive el hombre. Sin ese horizonte, la democracia se vuelve administración. 

Tras este diagnóstico, ¿cree que estamos ante el declive inevitable de la democracia o ante una oportunidad de renovación?

Yo creo que estamos ante una oportunidad histórica, precisamente porque el diagnóstico es duro. Cuando una sociedad descubre que el problema es espiritual, deja de conformarse con parches. Y eso abre una posibilidad de renovación profunda. El libro no es un lamento: es una invitación. Una invitación a recuperar la verdad como bien público, a reconstruir la noción de persona, a fortalecer la ciudadanía y a dar a la democracia un contenido moral que la haga resistente a la tecnocracia, al populismo y al autoritarismo. Vengo de un país donde se intentó reemplazar la democracia por un sistema total de control. Y aun así, Venezuela sigue viva por dentro: en su gente, en su fe, en su deseo de libertad. Eso me hace pensar que la democracia no muere cuando pierde elecciones: muere cuando pierde el alma. Y si recupera el alma, puede renacer incluso después de grandes derrotas.