Cuando la música abrió la memoria: recuerdos personales en torno a Serrat
Vestía un conjunto sport; pantalón de media estación y camisa al tono; llegó acompañado del empresario a la sala contigua al camerino , distendido me extendió su mano y un miembro de su equipo realizó la foto que ilustra la nota en la página 3.
Recuerdo que antes de retirarse, le entregué cinco hojas sueltas tipo A4 que contenían poemas de mi autoría.
Entre ellos se encontraba uno dedicado a mi padre, fallecido el 13 de febrero de 1980, teniendo presente que en ese mismo año también había perdido el suyo propio, poemas aquellos que seguramente se hayan extraviado “ en un cajón o en un rincón”, considerando las múltiples obligaciones que le imponía su agenda artística.
Cabe señalar que precisamente ese, formó luego parte de Tierra enemiga, el libro que publiqué ocho años más tarde.
Ese encuentro casual de la vieja fotografía al que aludí en líneas anteriores, fue una especie de disparador de la memoria, que me condujo, como el hilo de Ariadna al momento en que encontré mencionado su nombre por primera vez
Curiosamente no había sido con motivo de algún temprano vinilo que llegara a mis manos , sino que llegaba a través de un comentario realizado, en una fecha imprecisa- que ubico entre fines de 1969 y comienzos del siguiente- por una médica, de nombre Sonia Blasco Garma, que en rueda de amigos hizo referencia a un entredicho que había mantenido pocos días atrás con un joven y enfático cantante español en la mesa de un templo tanguero llamado Caño 14, en esa época ubicado en los sótanos de la calle Talcahuano al 900, de la capital, y se encontraba compartiendo la reunión, entre otros invitados, con el gran compositor y director de orquesta típica llamado Aníbal Troilo y el tío de la dama, distinguido psicoanalista y psiquiatra español llamado Ángel Garma, radicado en nuestro país desde el año 1938-
De más está decir que ese “joven enfático” al que aludía Sonia, no era otro que Joan Manuel Serrat.
Poco tiempo después de ese episodio, su nombre comenzó a serme familiar; las emisoras porteñas comenzaron a irradiar –en esa época dorada tenían una centralidad auditiva hoy desaparecida-sus canciones primerizas, todas ellas dotadas de sorprendente musicalidad y poéticas resonancias.
“Tu nombre me sabe a hierba” fue la primera expresión de ese nuevo cancionero que escuche en su canto..
Meses después, mientras convivía todavía (1970) con mis padres políticos, insospechadamente nació la “conexión” que aún hoy me vincula al gran cantautor.
Transcurría una noche de verano en la que el insomnio me impedía conciliar el sueño.
Contrariado por la incómoda situación, decidí abandonar mi lecho y descender al comedor donde se encontraba el equipo de música que guardaba en su interior el aparato de radio y el tocadiscos.
En el silencio reinante, casi de manera mecánica procedí a encenderlo y advertí segundos después, que como fondo de una voz humana que conducía el programa, comenzaron a desgranarse la primeras notas de un instrumento de viento que al modo de introducción acompañaba una voz joven para mi desconocida, que entonaba con sentida emoción la primera estrofa de un célebre poema de Antonio Machado titulado “Retrato, en el que traza una autobiografía a versificada con genio
“Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero…”
Al concluir su ejecución, sentí que algo había sucedido en mi espíritu: la paz interior desplazaba a la angustia