La ciudad maravillosa
Estaba disfrutando la conversación con Ana Paula, cuando algo agitó el ambiente. De repente la gente comenzó a mirar el paso de carros blindados y un escuadrón de policías fuertemente armados. Ana Paula mostró cierto enojo. Yo, por mi parte, sentí que todo el encanto que había sentido esa tarde se fulminaba. No era para menos, en minutos todo se tornó inquietante.
Ana Paula me contó que se dirigían hacia la favela Rocinha, para llevar a cabo una incursión contra el narcotráfico. Era la mala imagen de la ciudad, la otra cara de la moneda en un mundo de miseria y poder donde viven cientos de miles de personas honradas e inocentes. Pasando la franja de la playa donde nos encontrábamos en Leblon, la carretera se vuelve sinuosa y más adelante se ve una extensión de chabolas sobre pilotes de madera, hierro o cemento, que se apiñaban rodeando la ladera. Allá arriba una guerra se estaba librando entre bandas criminales rivales por el control de las drogas. Y mientras tanto, a la misma hora en el otro extremo de la ciudad, Botafogo y Flamengo jugaban un partido de fútbol en el estadio Maracaná.
Ese estrépito de los carros y de la gente me quitó las ganas de seguir en aquel lugar. En cuanto a Ana Paula, le agradecí por su amabilidad y le dije adiós.
Mientras iba de camino al hostel, pensé en las brechas que hay en las ciudades grandes del mundo. Supe que me encontraría tal vez con esa misma escena una y otra vez. En cuanto a Río, aunque es cierto que la ciudad está bendecida por la naturaleza dejándose ver como un ángel caído del cielo, el demonio también llama a su puerta. De un lado están las favelas sobre los morros con las vistas más privilegiadas, a sus pies están los sectores más pudientes. Pero, aun así, en las calles de Río de Janeiro y de todo Brasil, algo unía a ricos y pobres al ritmo frenético del baile y la música.
Aquella noche quería festejar. Por eso me fui al centro de la ciudad. Cerca de allí está Lapa. Mientras estaba de pie en la calle me bebía una Cachaca, y al mismo tiempo veía cuarenta y dos arcos romanos pintados de blanco formando dos alturas de pisos. Era el antiguo acueducto que servía para transportar el agua de un lugar a otro, y en esos arcos una línea de tranvía eléctrico sirve hoy como medio de transporte conectando al barrio bohemio de Santa Teresa. También la escalera de Selarón adornada con azulejos de colores, cerámica y fragmentos de espejos, embellecía el lugar transportando a uno a un mundo de creatividad lleno de entusiasmo. Por detrás se levantaban los rascacielos de cristal y la Catedral Metropolitana, que más que un templo católico me pareció una pirámide funeraria de la civilización maya abriendo un portal al espacio exterior. Cuanto más bella me parecía aquella estampa más goce sentía en aquel barrio tan animado. En sí, representaba la vida local carioca. En pequeños bares los músicos se sentaban a tocar, mientras que alrededor se hacía la roda do samba: todos juntos bailando, jóvenes y mayores siguiendo el sonido de una guitarra. Había locales de música en vivo de varios ambientes y plantas con los grupos tocando choro y bossa nova, pero la samba, con ese movimiento unísono de pies y cuerpo, absorbía toda aquella fuerza que me resultaba tan penetrante.
El ambiente de la noche en Lapa me había atrapado. Además, no soy amigo de las ciudades perfectas, por eso me gustaba tanto estar en Río. Tal vez solo era quitar de mí ese miedo a salir que a veces me correteaba como a niño. Para poder disfrutar de aquella ciudad y sus encantos.
La fiesta terminó de madrugada. En el trayecto de vuelta hacia Ipanema todo se volvió más oscuro y sucio; montones de basura acumulada, los habitantes de la calle, cual espectros, se acomodaban en andenes y bancas, y para completar el taxista parecía estar en una carrera de rally por las calles vacías. Desde el interior del vehículo, observaba como una patrulla policial atravesaba el coche en medio de la acera y a los policías esposando a un delincuente contra la pared de un edificio. La samba, la alegría y la fiesta de las horas previas se fueron al traste. A esas alturas lo único que quería era llegar a mi alojamiento, sentirme seguro, por eso le pedí al taxista que dejara de pasarse los semáforos en rojo y que fuera más despacio. Pero el hombre me dijo que no lo haría. Me explicó lo peligroso que era parar en ciertas zonas ante el riesgo de un inminente atraco.
—No querrá usted recibir una bala en la cabeza— me dijo.
—No, ¡por Dios! Mejor acelere cuanto quiera—le respondí.
Respiré hondo y dejé que la suerte y el taxista hicieran lo suyo.
—¡Ves que pronto hemos llegado! No es necesario ponerse nervioso— dijo el hombre.
—Claro, si no ha pasado nada, solo que nos hemos comido todos los semáforos, como el comecocos.
—No se preocupe, de todos modos, Río de Janeiro siempre es y seguirá siendo la ciudad maravillosa.
—Yo pienso lo mismo.
Al día siguiente, Río era de nuevo una hermosa mariposa de colores con sus alas extendidas. Encantando con sus playas, me fui a Copacabana a media tarde y pude disfrutar de aquel lugar de descanso con aceras de mosaicos de piedra mostrando sus figuras que simulan el vaivén de las olas.
Un hombre maduro de piel blanca, que salía por la puerta del hotel Copacabana Palace vestido con camisa de lino y un reloj de oro, caminaba tranquilamente. Lo observé hasta que se sentó en una terraza a beber cerveza, y junto a él, en la mesa de al lado, dos bellas muchachas le sonreían disfrutando de una copa de helado. Al rato el hombre se levantó para conocer a las dos chicas que no dejaban de insinuarse. Tuvo tiempo para invitarlas a una botella de champán y fue entonces cuando pude observar el acto completo; el mismo que se repetía en las calles, cuando ya caída la tarde todo giraba en torno al placer, al olor fructuoso de los cuerpos de las mujeres que se lucían para llamar la atención de conductores que bajaban el vidrio de sus autos.
A medida que iba cayendo la tarde en Copacabana, me daba cuenta de que la luz era más difusa: se dejaban ver las prostitutas a lo largo de la calle Atlántica, los travestis rondando las esquinas y los cruces, los chulos vigilando, los carteristas al acecho, las voces comenzaban a sonar de otra manera, más altas y roncas, más cómplices las miradas. Pero el verdadero placer del carioca, la playa, se iba quedando huérfana con la impresión de exponerse al peligro cuando las calles se volvían más inseguras. Entonces, llegaba la hora de retirarse.
Me alejé por el extremo este, donde un sinuoso camino conduce hasta el Fuerte de Leme. Al final, en la boca de la Bahía de Guanabara, un peñasco sobresalía por encima de todo. Desde el Pan de Azúcar se podía apreciar todo aquel emplazamiento natural, la selva tropical urbana, sus playas y colinas que bordean el Atlántico rompían la ciudad en muchas partes como una tarta cortada en trozos, de grandes y pequeños barrios. Detrás, Botafogo y Flamengo; a lo lejos, el Cristo del Corcovado como la cereza del pastel mirando hacia el cielo con sus brazos abiertos, igual que un mortal.