No me gustó “Cumbres borrascosas”, y por eso es un gran libro
Quiero empezar con dos afirmaciones que pueden parecer opuestas, pero no lo son: este libro no me gustó y, al mismo tiempo, es buenísimo. Entiendo perfectamente por qué Cumbres borrascosas es un clásico consagrado; sin embargo, no disfruté de su lectura hasta los capítulos finales.
Pertenezco a una generación que tiene el cerebro parcialmente frito por el consumo constante de contenido breve. Desde ese lugar, la obra de Emily Brontë se me hizo larga y lenta. No obstante, esa longitud tiene todo el sentido del mundo: yo vengo de una cultura de consumo instantáneo y esta novela viene de 1847. Antes de la inmediatez audiovisual, las descripciones minuciosas del espacio y los diálogos eternos no solo se toleraban, sino que se apreciaban.
Además, como novela de mediados del siglo XIX, los protagonistas encarnan a la perfección los preceptos del Romanticismo. Tanto Catherine como Heathcliff viven sometidos a un tsunami emocional que no se detiene ante nada, ni ante nadie. Actúan sin raciocinio y se dejan arrastrar por sus sentimientos de forma exacerbada, ya sean de pasión, ira o desolación. Sus decisiones no solo los destruyen a ellos, sino también a todos los que tienen la desgracia de cruzarse en su camino.
De hecho, mi principal obstáculo para el disfrute de la obra fue aborrecer a sus personajes. A unos por malvados y a otros por pusilánimes. Especialmente a Heathcliff, a quien intenté perdonar, sin éxito, apelando a su pasado como huérfano y mendigo. El rencor y la frustración que siente este hombre por no haber podido casarse con Catherine Earnshaw lo llevan a arruinar la vida de su propio hijo, de su esposa Isabella Linton y de toda la familia de Catherine, incluida su hija. Toda esta pobre gente acaba amargada o muerta porque Heathcliff estaba dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de no enfrentarse a sus propios sentimientos.
Hacia los últimos capítulos, por suerte, se produjo un curioso fenómeno que me permitió disfrutar plenamente de la novela y al que llamaré “la encarnación del personaje”. Y es que llegó un punto en el que el espíritu del protagonista me poseyó y yo misma me transformé en un ser lleno de odio y rabia que solo deseaba la muerte de Heathcliff. A ser posible, a manos de la joven Cathy. A partir de ese momento, las páginas empezaron a pasar a la velocidad del rayo.
No contaré cómo termina la historia, por si alguien se anima a leerla. Solo diré esto: Cumbres borrascosas no está hecha para el disfrute inmediato, sino para incomodarnos, agotarnos y obligarnos a mirar de frente lo peor del ser humano.