¡Yo, con Gertrudis!
Gertrudis es un nombre que en nuestros días apenas suscita curiosidad cuando fue durante siglos un símbolo involuntario de cómo Europa se levanta sobre las columnas de su mitología. Reflejo de apariencia, virtud y poder. En tiempos, donde la imagen también determinaba oportunidades, conviene recordar a esta figura improbable —la lanza fiel germánica— que las crónicas describen como bajita, regordeta, rizosa y feúcha, pero también como la mujer más eficiente que jamás sirvió a un mandatario.
Su historia, que algunos comparan con el «patito feo», revela una lógica que todavía vive, la fealdad como garantía moral. La esposa del Virrey del Entrecejo no vio en Gertrudis talento ni experiencia, solamente apreció una ausencia de atractivo, la antítesis de la concupiscencia que, según ella, blindaría la fidelidad de su marido. Así, la mujer que había sobrevivido a la peste de 1347 y a las hambrunas de la década siguiente, terminó convertida en consejera por simple descarte. Nadie valoró su probable mérito.
Sin embargo, el suceso que ocurrió después desmonta cualquier prejuicio. Gertrudis, silenciosa y disciplinada, transformó la casa del Virrey en un centro de poder económico y político. Mientras la tradición atribuye a Santa Gertrudis de Nivelles la capacidad de espantar ratas, nuestra Gertru las atraía, las organizaba y las convertía en símbolo de su influencia. En un tiempo donde el estraperlo era moneda corriente, ella convirtió ese caos en negocio y su invisibilidad en estrategia.
Su eficiencia era temida por el resto de cargos públicos. Anotaba todo, controlaba cuentas, bienes, joyas y pactos con mucha precisión. Archivaba, redactaba y corregía sin descanso, pero nunca se le reconoció liderazgo. La crónica la celebra más por su sumisión que por su talento y la recuerda más por su fealdad que por su inteligencia. Este es el retrato clásico de tantas mujeres que sostuvieron estructuras enteras sin recibir crédito alguno.
La figura de Gertrudis sirve para que reflexionemos sobre cómo seguimos valorando a las personas por criterios meramente superficiales. Y en esta época donde la gente está obsesionada con la imagen, la historia de Gertru nos recuerda que el poder real suele estar en manos de quienes no aparecen en los retratos oficiales. La consejera que nadie quiso mirar fue, en realidad, la pieza que mantuvo en pie todo el entramado del Virrey.
Quizá por eso su mito perdura, porque nos obliga a preguntarnos cuántas Gertrudis han pasado por la historia sin que nadie las vea. Y ahora me pregunto, cuántas siguen hoy sosteniendo instituciones, empresas y hogares desde esa misma invisibilidad.