Vuelta a casa
Todo aquel que aspira al poder ya ha vendido su alma al diablo.
Goethe
Hace siglos que fallecí. En mis tiempos fui uno de los regentes del este de Europa más temidos y respetados. Mis métodos exudaban una rabia sin límites. Disfrutaba contemplando el dolor de los enemigos desde la torre del castillo de Bran, en el que residía con ocasión de mis campañas contra los invasores.
Me habéis llamado de múltiples formas. Debido a vosotros seré por siempre "El Empalador" y "El Dragón". Apelativos afectuosos, que, con el mismo aprecio que me los dedicáis, yo os agradezco.
Cierto es que tales denominaciones no son desacertadas, no. En efecto: yo soy oscuridad, soy sombra.
No estoy físicamente entre vosotros, pero nada me está impidiendo ser testigo del proceder del ser humano en los siglos que tras mis tiempos se suceden. Mientras me recordéis -y así es, pues la literatura universal se ha encargado de ello, me ha hecho inmortal- soy capaz de observaros y de valorar lo que estáis haciendo. Estoy perfectamente legitimado para enjuiciar vuestra conducta...al fin y al cabo vosotros también lo hacéis conmigo, y con todos.
La lucha por el poder, las sanguinarias e infinitas guerras, la opresión del débil, la rotunda falsedad en vuestros quehaceres…una falsedad, sí...que sustenta como un pilar maestro los viles actos que efectuáis sin misericordia... ¡pero qué gran tributo me rendís! Me río a carcajadas, disfruto como no lo podéis imaginar cuando afirmáis, sin sonrojo, que actuáis en pro de la humanidad siendo el único fin de vuestros actos el enriquecimiento y la conservación del trono, cosa que entiendo bien, porque yo mismo he sido uno de vosotros, he conocido el perverso sabor de la ambición y del poder, y he tenido enfrente a otros iguales. Es la humana condición.
Os atrevéis a calificarme de cruel por mis hechos. Y vuestro día a día, a pequeña y a gran escala, está guiado por un gélido fundamento, un principio de todo al que ya se refirió Dante, ese visionario que transitó, desde una senda oscura, los sórdidos emplazamientos del infierno en un relato que llamó Divina Comedia. El más profundo de los lugares del inframundo no está azotado por el fuego atemporal. No es sitio de azufre y llamas. Es un lugar helado. En él se siente un frío eterno. Es el círculo de la traición, y os está dominando por completo.
Veo, y siento, la frialdad que caracteriza las situaciones cotidianas de la vida. No obedecéis a lealtad alguna, no existe la fidelidad. El mundo se ha vuelto un lugar desconfiado...aunque cínicamente aseguréis lo contrario.
En mi época, pese a ser un regente temido, se sabía que aquél que se opusiera a mí, y en consecuencia a los intereses de mi pueblo, recibiría el castigo correspondiente, mas en mi proceder existía una cierta honestidad de la que vosotros carecéis. No actuaba de una manera contraria a mi pensamiento ni nada escondía. De hecho, en mi tierra se me considera un héroe nacional.
Por eso, no puedo permitir la funesta deriva que estoy contemplando. Es preciso que haga algo, pues todo mal ha de tener un límite. Es inconcebible un mal superior al mío. No toleraré que la traición y la falta de honestidad y de principios se adueñen de este desgraciado pueblo humano.
Hoy, a la caída del sol, el infame reloj que marca el tiempo de guerra y de injusticia que se ha cernido sobre el mundo se detendrá. El imperio de la falsedad y de la traición toca a su fin. Mi castillo me espera. Vuelvo a casa. El Dragón se hará sentir de nuevo.