Voces de experiencia: el legado del servicio

Parto de una convicción profunda: la Policía Nacional es una institución compuesta por grandes profesionales y por personas de una calidad humana extraordinaria. Hombres y mujeres que han entregado su vida al servicio público con vocación, sacrificio y lealtad.

Precisamente por ese respeto que siento hacia el Cuerpo, me resulta aún más doloroso abordar una realidad que no podemos seguir ignorando.

Como en cualquier institución, también existen conductas que traicionan los valores que decimos defender. Son minoría, sí. Pero el daño que provocan no es menor por ello. Porque cuando quien viste el mismo uniforme vulnera la dignidad de un compañero, no solo daña a esa persona: daña a la institución entera.

En los últimos días hemos asistido a una ola de indignación pública ante actuaciones concretas de determinados mandos policiales. Se han pedido dimisiones, se han convocado concentraciones, se han pronunciado discursos contundentes en medios de comunicación. Y es legítimo exigir responsabilidades cuando corresponde.

Pero me pregunto: ¿por qué esa misma contundencia no aparece cuando el problema está dentro de nuestras propias dependencias? ¿Por qué algunos sacan pecho cuando les conviene y guardan silencio cuando deben darlo?

Mientras se alzan voces ante casos mediáticos, en demasiadas plantillas hay compañeros y compañeras de baja psicológica por acoso laboral. Policías que han terminado desarrollando ansiedad, depresión o estrés postraumático por la presión constante de un superior o por la permisividad de un entorno que mira hacia otro lado.

Existen “coincidentes laborales” que convierten el destino en un espacio hostil. Se consienten actitudes de hostigamiento, aislamiento, desprecio o humillación. Y cuando la víctima pide ayuda, con frecuencia la respuesta es devastadora: “Lo mejor es que cambies de plantilla” o “coge la baja”.

Pero cambiar de plantilla no siempre es posible. Puede negarse un movimiento interno. Y coger la baja psicológica tampoco es una solución sencilla: además del estigma, puede acarrear consecuencias profesionales y económicas.

¿Ese es el modelo de protección que ofrecemos a quienes han jurado proteger a los demás?

Como presidenta de la Asociación de Jubilados de la Policía Nacional de España, escucho cada día testimonios de compañeros que aún no se han recuperado del daño sufrido. Algunos terminaron abandonando destinos que amaban. Otros se jubilaron anticipadamente, agotados. Algunos llegaron a odiar lo que más querían: su profesión.

Y lo más doloroso no fue solo el acoso. Fue la desprotección.

Resulta difícil aceptar que haya quienes se indignen públicamente por hechos consumados y, sin embargo, no actúen cuando el problema está al lado de su despacho. No podemos permitir que la defensa de la institución se convierta en un ejercicio de imagen, mientras se ignora el sufrimiento real de quienes forman parte de ella.

La verdadera lealtad no consiste en proteger silencios incómodos. Consiste en corregir lo que falla.

La Policía Nacional merece transparencia, mecanismos eficaces de prevención del acoso y protocolos que funcionen de verdad. Merece mandos ejemplares y estructuras que protejan al débil, no que lo aíslen. Y merece sindicatos y responsables que acompañen al compañero cuando más lo necesita, no solo cuando el foco mediático está encendido.

No se trata de atacar al Cuerpo. Se trata de fortalecerlo.

Porque si no somos capaces de cuidar a los nuestros, ¿con qué autoridad moral podemos hablar de protección hacia fuera?

La hipocresía no puede ser el uniforme invisible que llevemos bajo el reglamentario.

Es hora de trabajar de verdad en solucionar lo que falla. Es hora de ayudar al compañero antes de que sea demasiado tarde. Es hora de que el valor y la dignidad que exigimos en la calle empiecen también dentro de casa.