Visitando el universo Maorí
De mi corta experiencia por Melanesia y Polinesia, tengo que decir que la cultura maorí me está impresionando muy gratamente. Los habitantes de New Zealand son vitalistas, orgullosos de su país y enamorados de la naturaleza, que cuidan con esmero.
Visitamos Whakarewarewa. Lo que me pareció más notable era la conjunción, la simbiosis entre la naturaleza y los maoríes. Es un pueblo que transmite espiritualidad. Sus cocinas son la propia tierra, pues es una región llena de fumarolas, lagunas y geysers de donde extraen agua y cocinan. Dicen no necesitar electricidad ni otra calefacción que la tierra. Tienen agua de 40 a 100 grados y manantiales que refrescan. Se curan con las hierbas de la tierra y se alimentan con los productos naturales.
En un momento de la visita metieron y sacaron rápidamente unas panochas de maíz en el agua que borboteaba, las repartieron para que las comiéramos. El guía dijo que ya éramos parte de ellos porque habíamos comido sus productos, hechos en los minerales de su tierra y en su “cocina”.
Insistió varias veces en que nos olvidáramos de los móviles y nos entregáramos al contacto con la naturaleza. Él era muy grande, con tatuajes, como todos los maoríes, y nos hizo una mínima demostración de Haka, ritual que nació para atemorizar al enemigo, al tiempo que nos explicaba el significado de las tallas que adornaban la entrada de la casa comunal y contaban la historia ancestral de sus antepasados. De despedida dejó a un lado la fiereza de su narración de contiendas de los antepasados para entonar a capella una bella canción de agradecimiento, paz y buenos deseos.
En Rotorua se encuentra un bosque de inmensas secuoyas de decenas de metros de altura y muchos años de antigüedad. Allí han edificado unas pasarelas para caminar durante setecientos metros entre los árboles a diez y veinte metros de altura. Es mágico pasear a través de esos gigantes del bosque denso y frondoso, admirando los helechos plateados, que pueden llegar a cuatro o más metros, con cuyos troncos construyen sus viviendas.
En la ciudad de Auckland, la más grande del país encontré a otro inmenso maurí, que llevaba tatuado en las mejillas el nombre de su país y el gesto shaka, de amistad y solidaridad. Se hace extendiendo el pulgar y el meñique de la mano y encogiendo el resto de los dedos.
Desde hace años cuando en mi país veía actitudes de incomprensión y enemistad, en el colmo de la impotencia, decía que quería irme a vivir a Nueva Zelanda, pero era de manera inconsciente, probablemente porque se encontraba muy lejos de todas aquellas actitudes casposas y negativas.
Ahora he descubierto que casi nada es casual y esa frase llegaba porque en realidad es un país mágico. Me he enamorado de Nueva Zelanda, del territorio y la cultura maorí y espero llevar conmigo algo de la espiritualidad de ese pueblo que vive sintiéndose un elemento más de la naturaleza.