Área 52

Vienen malas fechas

Es lo que escuchamos en España en casi cualquier reunión de trabajo, no el 15 de agosto, no, desde mediados de junio. “Hasta septiembre, ya sabes que difícil”. Prácticamente un trimestre. Largo me lo fiáis.

“Vuelva usted mañana- nos dijo el portero-. El oficial de la mesa no ha venido hoy. -Grande causa le habrá detenido- dije yo entre mí.”, escribía Larra en 1833. Y así seguimos casi doscientos años después, y no sólo en cuestiones Administrativas.

Sigue España embotada en su mayor pecado: la abulia. No es pereza, ni una forma secular de ser refractaria al progreso (“que inventen otros”), ni ninguna de las chorradas muy bien escritas y penosamente argumentadas que se han escrito en esa obsesión finisecular del ser de lo español (nadie escribió tanto sobre lo que supone ser uno mismo). Ejemplos sobran: los dominicos y franciscanos en América, la red administrativa virreinal, los 1.500 dragones de cuera que controlaban 6.000 kilómetros de frontera y un área total de más de tres millones de kilómetros cuadrados en Nueva España. El milagro económico de los sesenta del siglo veinte, después de haber tocado fondo.

No hay una pereza genética, ni cultural, ni nada que se le parezca. Lo que hay es una abulia heredada de la depresión ocasionada por el fin de los grandes objetivos de la Reconquista y luego la creación de un mundo nuevo en América, mezclada con la asunción acrítica de la Leyenda Negra. Para el perro flaco todo son pulgas y después de echar al invasor francés, sólo quedó un pueblo abúlico y una élite totalmente imbécil maravillada con las cosas de fuera. A partir de ahí, sólo individuos conspicuos, heterodoxos de Menéndez Pelayo, sobresalían en medio de una mediocridad forzada, institucionalizada y hasta administrativamente sancionada.

Quizá sea la pérdida del valor católico, esto es, universal. Sin una meta mayor, universal, nos perdemos en la abulia y afloran las peores pasiones como la envidia. Que inventen otros, sí, pero ojo como inventes tú. 

Pero falta algo en el cóctel. Y es ya la puntilla. Convertir la abulia en derecho y la envidia en venganza con respaldo estatal. 8,5 millones de bajas laborales al año. 1,4 millones de personas ausentes a diario. 33.000 millones de coste anual, de los cuales 17.000 son a cargo de las empresas y el resto a cargo de todos. El 1,65% del PIB dedicado a gente muy delicada y con muchos derechos. El 5,6% de la población activa, desactivada a diario. El 2,8% del total de la población, convaleciente todos los días. Es sorprendente que, con este drama diario, números de una guerra o la Peste Negra, lleguemos a ser el décimo país del mundo en esperanza de vida. En su momento fuimos el segundo. Somos el décimo. Normal con este batallar diario con la enfermedad y los accidentes.

Todas estas personas en el lecho del dolor, menos las de verdad, piensan además “que se joda la empresa, el jefe o lo que sea. Qué listo soy”. La venganza de la envidia del abúlico.

Pues nada, vienen malas fechas. Y en Navidad, también. Y en Semana Santa. Y la semana blanca. Fiestas patronales, el día del trabajo, los días propios y el dolor (tos, tos). Así las cosas, del puesto 21 en renta per cápita del mundo en 1975, hasta el 31 de hoy. La novena potencia industrial en aquel año, al vigésimo actual.

Del segundo país con mayor esperanza de vida, al décimo. Pero, vienen malas fechas.

¿Saben dónde no vienen malas fechas nunca? En China, en EEUU y en todos esos países que nos adelantan por la derecha. Nunca mejor dicho.