Un gallego en la galaxia

La verdad de los náufragos

Ortega y Gasset decía que las únicas ideas verdaderas son las de los náufragos, las de aquellos que se sienten perdidos de verdad, pues son los únicos que se topan con su propia realidad. En su última película, Sirât, Oliver Laxe se adentra en ese naufragio contra el telón de fondo de nuestra época desnortada. Llevaba diez años dándole vueltas a la idea y se la imaginaba como un cruce entre Mad Max, Easy Rider y Stalker. A mí nunca se me hubiera ocurrido asociar la meditación sublime de Tarkovsky con ninguna de las otras dos, especialmente no con la monstruosidad apocalíptica de la serie australiana. Pero para Laxe el hilo conductor es su pasión por la épica del viaje en la que las tareas y peripecias del héroe no son sólo una aventura en el tiempo y el espacio sino, a la Joseph Campbell, el símbolo de una transformación interior. En el caso de Sirât, el viaje empieza con un padre y su hijo menor que buscan a su hermana e hija desaparecida en medio de una fiesta rave en el desierto marroquí.

Los ritmos monótonos y atronadores de la música electrónica no sonaban nada prometedores y la multitud, aunque unida en su rechazo de la deshumanización y la violencia organizada del mundo, se perdía, bajo los efectos del alcohol y otras sustancias, en el éxtasis de su absoluto desamparo. Pero ese baile solidario de libertad en tierras de nadie se vio interrumpido por la llegada de los militares, que les obligaron a subirse a sus camiones y ponerse nuevamente en marcha, esta vez rumbo a otra fiesta en la frontera con Mauritania. Nuestros héroes, desafiados por el territorio inhóspito y por el obstáculo de una ruta de vértigo que atravesaba las montañas, no llegarían nunca a otra fiesta ni encontrarían a la chica que buscaban. La hermandad de los nómadas atravesando las infinitas llanuras en su continua fuga entre ámbitos de olvido, se vio desbordada por la muerte accidental del niño al desplomarse el coche por un despeñadero. El intento de asimilar el dolor insondable mediante el uso de la misma música y las mismas sustancias acabó en una debacle todavía mayor, pues mientras invocaban la trascendencia pisoteando rítmica y pesadamente el tambor de la tierra, descubrieron que se encontraban en un campo de minas, donde los dos camiones y tres de los seis viajeros saltaron por los aires.

Laxe eligió el contexto de la cultura rave porque refleja una respuesta arquetípica al estado necrótico, distópico y apocalíptico de la sociedad, con todos los riesgos que eso conlleva. De ahí tal vez el título, Sirât, que significa un puente muy estrecho y fino entre el cielo y el infierno. Pues, aunque busquen el paraíso, las fiestas rave expresan el dolor del mundo que todos estamos sintiendo y que en ciertos estados de trance sintoniza con un dolor más profundo y ancestral. Laxe siente que la creación artística, el intento de evocar el misterio detrás de la realidad, corre el mismo peligro, pues no es fruto del cálculo sino producto de una conjunción accidental. El viaje con los raveros fue, por lo tanto, el mismo que su aventura artística, o sea la misma atracción hacia el abismo como fuente de crecimiento, autosuperación y libertad.

Aunque un claro guiño a Stalker, la toma final de los supervivientes subidos sobre el techo de un tren que atraviesa la inmensidad del desierto no refleja una iluminación interior sino una resignación estoica e irredenta. Ese tren es un convoy hacia la nada. Este elemento nihilista más que a Tarkovsky apunta a los laberintos sin salida de Beckett, donde lo único que nos queda es mirarnos a las manos, pues somos del todo impotentes ante el accidente, la gravedad y la muerte. ¿Es ésa la verdad de los náufragos? Puede. A lo que Laxe acaso nos esté invitando es a descubrir nuestra autenticidad dejando de oponer nuestra voluntad al destino. Acaso entonces la creación y la libertad no sean fruto del azar sino del espíritu que mora en el vacío.