El valor de la palabra es herencia, cimiento, verdad y patrimonio
Sea vuestro sí, sí, y vuestro no, no. —Mateo 5:37
La palabra es uno de los pocos reductos sagrados que atesora el hombre en este mundo en donde casi todo tiene precio. Algunos venden su palabra sin titubear porque desconocen que es una herencia silenciosa y más antigua incluso que cualquier linaje. La palabra no es un adorno, es la raíz misma de la dignidad, por lo que renunciar a ella es quedarse sin sustancia y sin vida moral.
Muchos piensan que pueden prescindir de la palabra y lo hacen sin darse cuenta de que no se trata de un simple mueble. La palabra es el lugar en donde cada promesa se graba a fuego, es la columna vertebral del honor y el sólido cimiento que sostiene la arquitectura moral de quienes aún estiman su integridad.
Quien tiene palabra posee el más alto tesoro de la vida. La palabra se hereda, no es algo que se compre o improvise. Con los años he visto a hijos de casas de rancio abolengo caminar pretenciosos entre sus genealogías, pero ignorantes de que su prosapia se desmorona por despreciar lo intangible que, en realidad, tiene mucho más valor que cualquier bien que conste en un testamento. No olvidemos que la nobleza sin virtud es un vacío y que cuando uno traiciona la palabra pierde tanto sus valores como la propia sangre.
Para algunos es suficiente dar su palabra. Porque sabe que su compromiso es firme y que se transforma en una forma de juramento. Alguien de palabra no necesita testigos, ni actas, ni rúbricas, porque para esto sirve la conciencia. Un hombre de palabra sabe que ese es su único y verdadero patrimonio, por eso busca no perder su credibilidad porque con ella quebrantaría hasta su alma.
La palabra es, en suma, un acto de fe en uno mismo. En la palabra se reconocen nuestras flaquezas, las mismas que asumimos con la serenidad del que sabe que la verdadera grandeza humana reside en la coherencia. Por eso, faltar a la palabra es traicionarse a uno mismo, es cargar, como hizo Eneas, con la sombra eterna de una promesa rota.
Cada día muchos juegan con los compromisos como si estuviesen en una partida con cartas marcadas, sin recordar que la palabra es la base de toda convivencia y la columna vertebral del respeto. Sin la palabra no cabe ningún trato y sin ella se pierde incluso la verdadera amistad. Sin la palabra, ni siquiera quedaría resquicio alguno de honor que poder defender. Así, un hombre sin palabra es como un hombre deshabitado y sin historia, tan desdichado que hasta podría decirse que carece de alma.