Urgencias sostiene lo que otros abandonan: centros de salud vacíos
Recuerdo que hubo un tiempo —no tan remoto— en que al llegar al centro de salud se preguntaba: ¿Quién es el último? Esta sencilla fórmula ordenaba la esperanza de los enfermos, haciéndonos recordar que la medicina era un ministerio de presencia. Eran las ocho de la mañana y ya esperaban su turno veinte almas; otras tantas se sumaban después en un goteo constante. Aquel médico, el mío, siempre con el fonendoscopio al cuello, un pitillo y su palabra, nos atendía uno detrás de otro, sin más excusa que su vocación y sin una sola queja. Mi médico lo hacía en silencio, mientras consumía el humo de su cigarro entre consulta y consulta.
Mi generación no éramos héroes ni mártires, simplemente ciudadanos que íbamos a la consulta para ser curados. Aquellos buenos médicos aceptaban el oficio y el peso de su juramento, porque la medicina, desde Hipócrates, no es un simple empleo, es una obligación moral, es el pacto tácito con la fragilidad humana. Por ende, aquel que lo asume pasa a convertirse en el guardián de un bien tan sagrado como es la vida ajena. Traiciona este pacto quien, pudiendo aliviar, rehúye el contacto directo con el doliente y se refugia en la comodidad de un teléfono convirtiendo la consulta en una sombra de sí misma.
Hoy los centros de salud parecen solares completamente deshabitados. Una vecina, después de una semana de dolores que le impedían caminar, acudió a que la mirasen, pero la respuesta que recibió —¡aquí sólo damos recetas!— bastaría para avergonzar a cualquier galeno con un mínimo de dignidad. No, no es natural que un sistema pensado para asistir al enfermo se haya convertido en un laberinto de citas previas, pantallas y trámites que sólo sirven para aligerar pasillos y engordar esa sensación de agravio entre quienes deberían atendernos.
Y, sin embargo, cuando uno tiene que acudir a urgencias ya no va al centro de salud porque no le atienden, ¡corre al Hospital! Aquí uno descubre que la verdadera vocación no ha muerto. Aquí los trabajadores cumplen el pacto hipocrático. Ellos solos, desbordados y exhaustos, sostienen el edificio entero de una sanidad abandonada a Directores que son incapaces de dirigir. Los sufridos médicos y enfermeras, con la ayuda de los administrativos, atienden sin descanso y sin lamentos. No necesitan que les llamen y pidan citas previas, lo hacen porque saben cuál es su oficio. Y estos sanitarios de urgencia de los hospitales son, en realidad, quienes pagan la dejadez de los centros de salud, teniendo que resolver lo que debería haberse atendido en primera instancia: una sencilla caída, un par de puntos o una fiebre que no requiere más que un criterio clínico.
Decía Plutarco que la omisión del deber es la más ruin de las traiciones, y algo de eso hay en permitir que la medicina se vuelva un trámite telefónico o un despacho de recetas. Un enfermo tiene bastante con sus dolencias y no puede permitirse que tenga que mendigar atenciones o encadenar llamadas para ser atendido. La salud pública no puede sostenerse con encargados que justifican su puesto firmando papeles. Necesitamos médicos. Si buscan un orden, nombren generales, pero si quieren perpetuar el desastre, bastará con seguir nombrando administradores.
La medicina es presencia, juicio y compasión. No es ético ni natural que tengamos que recordar que un enfermo no es un número, que es un ser humano que deposita su miedo y esperanza en su médico, por eso debemos exigir de aquellos que abrazaron este oficio recuerden que la grandeza del deber cumplido reside en la atención y no en lamentarse. Son muchos los pacientes que claman ayuda.