Ucrania 2026: el cuarto año de una guerra sin solución a la vista
Pese a los anuncios optimistas del presidente norteamericano, Donald Trump, tras el reciente encuentro celebrado en Florida —concretamente en su residencia— con el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, en el que afirmó que la paz estaba “más cerca que nunca”, la realidad sobre el terreno se impone de forma implacable. Las palabras del máximo mandatario estadounidense chocan frontalmente con la crudeza de los hechos y con los persistentes bombardeos rusos contra objetivos civiles en Ucrania.
Este año ha sido especialmente aciago para los ucranianos, sumidos entre intermitentes pero constantes cortes de electricidad debido a los ataques rusos contra infraestructuras energéticas, la prolongación de la guerra a lo largo de un frente que ya abarca unos 1.200 kilómetros, y los avances constatados del Ejército ruso sobre el terreno. Moscú ha añadido a su lista de territorios conquistados unos 6.000 kilómetros cuadrados, aproximadamente el 1 % del territorio ucraniano.
El pesimismo se extiende en Ucrania, sobre todo porque no se percibe voluntad política en Rusia de poner fin a la guerra mediante una negociación diplomática —aunque ese será, con toda probabilidad, el desenlace final, pero no a corto plazo— y porque, sin el respaldo de la Unión Europea (UE) y de los Estados Unidos en armas, financiación e inteligencia militar, Kiev difícilmente podría sostener el esfuerzo bélico durante mucho tiempo. El jefe de los servicios de inteligencia ucranianos, Kirilo Budánov, ha declarado recientemente que no observa señales, ni en los frentes de batalla ni en la estructura del Ejército ruso, que indiquen una disposición del Kremlin a suspender la invasión en el corto plazo; más bien, todo apunta a lo contrario.
En este contexto dominado por la incertidumbre y el estancamiento de las negociaciones auspiciadas por Trump, parece claro que Rusia sigue avanzando en sus objetivos estratégicos: obtener el control total de la región de Donetsk, avanzar sin freno hacia la región de Dnipropetrovsk y continuar las operaciones militares en las provincias de Zaporiyia y Jersón, dos de los territorios anexionados por Putin en 2022. La estrategia del Kremlin es evidente: llegar a una eventual mesa de negociación con la mayor cantidad posible de territorio ucraniano bajo su control para imponer una paz a su medida. Completar la ocupación del Donbás y avanzar lo máximo posible constituyen hoy objetivos prioritarios, pues permitirían consumar casi por completo la anexión de los cuatro territorios ucranianos proclamada por Putin en septiembre de 2022.
El momento más crítico para Ucrania
Ambos bandos, más allá de las andanadas retóricas de Trump dirigidas contra los dos líderes implicados, se preparan para una guerra de larga duración, quizá de entre tres y cinco años. Este es, probablemente, el momento más crítico para Ucrania desde el inicio del conflicto en 2022. Por un lado, los Estados Unidos podrían cerrar el grifo de la ayuda militar —en fondos, armamento e inteligencia—; por otro, en la UE comienzan a surgir voces que cuestionan el apoyo a Kiev, como ocurre en Hungría y Eslovaquia.
El tiempo juega claramente en contra de Ucrania, que cada vez cuenta con menos capacidad para reclutar combatientes. El país sufre un elevado número de desertores y de jóvenes que han huido al extranjero para evitar ser enviados al frente. Zelenski es consciente de esta debilidad frente a un enemigo que controla con mano de hierro su propio país y que dispone de recursos demográficos prácticamente inagotables, capaces de mantener de forma permanente en el frente a unos 600.000 soldados.
Todo indica que la guerra continuará durante mucho más tiempo. Putin, como avezado jugador de póquer, confía en que la paciencia occidental termine por agotarse y que las potencias occidentales opten por poner fin al conflicto mediante algún tipo de acuerdo de paz, incluso a costa de abandonar a Ucrania a su suerte o de imponer condiciones leoninas, como la cesión de territorios a Rusia. Ese es el escenario final que anhela el Kremlin, consciente de que en el pasado ya ocurrió algo similar con acuerdos firmados y posteriormente incumplidos, como los Protocolos de Minsk de 2014, que acabaron siendo la antesala de la invasión a gran escala de 2022.
No sabemos si el presidente Trump guarda un as en la manga para enderezar el actual proceso de paz, con dos planes sobre la mesa —el suyo y el de Zelenski, que Rusia rechaza de plano—, pero, si no surge un elemento inesperado, todo parece indicar que, al igual que ha sucedido en Gaza, ambas iniciativas acabarán en aguas de borrajas. Por ahora, las armas siguen tronando y las sirenas antiaéreas continúan sonando en las ciudades ucranianas. Tiempos aciagos y sin respuestas para Ucrania. Feliz 2026, Kiev.