Túpido ándate al Club
Esta frase que surgió en una discusión con mi primo durante la niñez, indicaba claramente que había algo con lo que no estaba de acuerdo.
Se convirtió con el tiempo en una forma humorística para indicar el descontento entre la familia. Me tomo esta licencia literaria y auto referencial para entrar en tema.
Tal vez el primer club de la historia nació alrededor de una fogata.
Un pequeño grupo de humanos que decidió unirse para sobrevivir.
La escena es fácil de imaginar: algunos hombres y mujeres reunidos para protegerse de las bestias salvajes, de los cambios bruscos del clima, de la noche interminable. En ese tiempo remoto, la unión no era un gesto romántico: era la diferencia entre vivir o desaparecer.
Agruparse fue, desde entonces, una forma de sobrevivir. Y con el paso del tiempo se volvió también una forma de organizar la vida.
Los seres humanos formamos clubes para casi todo: para jugar, para discutir, para defender ideas, para compartir intereses. Pertenecer parece formar parte de nuestra naturaleza más profunda, casi como un eco de aquella primera condición tribal.
Pero en algún momento de la historia ocurrió algo inevitable: el enemigo dejó de ser la naturaleza y comenzó a ser otro ser humano.
La tribu de enfrente.
Entonces nació una lógica que la humanidad repite hasta hoy: si el otro no está con nosotros, entonces está contra nosotros.
La historia está llena de esos clubes enfrentados. Naciones, religiones, partidos, ideologías. Cada uno con su bandera, su relato y, muchas veces, su enemigo.
Y cuando dentro del propio grupo alguien se atreve a pensar distinto, el mecanismo suele repetirse desde hace siglos: expulsión. Destierro. Cancelación, diríamos hoy.
Fuera del club.
Pero el desterrado rara vez acepta la soledad. Entonces levanta su propio estandarte, funda un nuevo grupo y busca adeptos para enfrentar a quienes lo expulsaron.
La rueda vuelve a girar.
Basta caminar por el Viejo Continente para comprobarlo. En muchos pueblos de Italia o de España aparecen castillos, murallas y torres de vigilancia. Construcciones levantadas para protegerse del vecino. Del otro.
Hoy esas piedras parecen tranquilas, pero guardan la memoria de siglos de miedo, de barro y de fuego.
Los clubes cambian de forma, pero la lógica permanece.
Formamos clubes para sumar, para competir, para diferenciarnos. A veces A más B puede convertirse en algo nuevo. Pero cuando aparece la resta —A menos B— casi siempre nace otro C enfrentado.
Sin embargo, el problema no es que existan clubes. El ser humano necesita pertenecer. Lo verdaderamente inquietante es cuando un club pretende que todos formen parte de él. La libertad humana tiene algo obstinado. Se resiste a ser domesticada.
Durante siglos, la forma de dominar fue la fuerza: la espada, la cárcel, la persecución. Hoy ese dominio rara vez aparece de manera brutal. Se ha vuelto mucho más sutil.
Ahora la libertad suele entregarse detrás de un simple botón de consentimiento. Nos piden permiso para usar nuestros datos. Aceptamos.
Si no lo hacemos, no podemos leer ciertos diarios, acceder a determinados trabajos o participar en algunas plataformas. El permiso se convierte en una condición de pertenencia.
Y así, poco a poco, quedamos atrapados en una red invisible de clubes digitales, sociales o ideológicos.
¿Seremos capaces algún día de dejar de formar clubes?
Probablemente no.
La necesidad de pertenecer y de competir parece acompañar a la condición humana desde su origen. Pero sí podríamos intentar algo más difícil: comprender al otro, buscar encuentros donde otros siembran divisiones y recordar una verdad elemental.
Todos, absolutamente todos, somos miembros del mismo club.
Un pequeño planeta azul que gira silenciosamente alrededor del sol a unos 107.000 kilómetros por hora.
Un club donde nadie pidió entrar… pero del que nadie puede irse.
Como escribió el Papa Francisco en Fratelli Tutti:
"Soñamos como una sola humanidad, como viajeros hechos de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos acoge a todos."