Cinco Sentidos

¿Tú a mí?

Pedro me representa: eso de creer entender todo pero, en realidad, no entender nada.

Hablo de San Pedro, del pescador del Mar de Galilea: todo impulso, todo corazón, toda entrega. Humano, muy humano.

Pensar el Jueves Santo me lleva a ese momento significativo de la Última Cena: antes de la institución de la Eucaristía, antes de la oración en Getsemaní, antes de la traición, antes de la condena, antes de la Cruz.

El significado de un gesto simple —habitual entre quienes eran recibidos al llegar a una casa—: el siervo lavaba los pies de los que llegaban o eran invitados. Recordemos que, en tiempos de Jesús, se caminaba mucho, con sandalias y sobre tierra; por tal circunstancia, los pies eran los que más sufrían la hostilidad de aquellos territorios. Por eso, el gesto de lavar los pies del caminante es un gesto de servicio, de respeto, de amor.

Quizá este jueves sea un día más. Tal vez te abrumen los problemas o disfrutes de un merecido descanso. Pero no se puede quedar igual después de la Semana Santa. Creas o no, en ella se trasluce, de un modo inevitable, la historia de la humanidad: la entrega por el otro, la injusticia, el sufrimiento y el amor.

En cada ser humano se presentan estas situaciones de vida en distintos estadios. A veces toca ser quien sirve; otras, ser servido. Algunas veces nos tocará juzgar, y otras, ser juzgados.

La humildad es la clave para comprender esta lectura. El lugar donde nos posicionamos no es cómodo; interpela. La pregunta de Pedro a Jesús, cuando iba a lavarle los pies, es directa: “¿Tú, Señor, vas a lavarme los pies a mí?”. La respuesta de Jesús es inmediata: “Es necesario que yo haga esto para que tengas parte conmigo”. Pedro, entonces, demuestra toda su impulsividad: “Entonces, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza”.

Este diálogo —que continúa en el Evangelio de Juan— es, sin duda, un momento bisagra en la mirada de los discípulos: entendieron hasta qué punto el compromiso era necesario.

En el servicio se encuentra la clave del amor, pero también una verdad que no debe confundirse: servir no es someterse, ni permitir el abuso.

Si nos detenemos a pensar nuestra vida, mucho gira en derredor del servicio: a nuestros hijos, a nuestras familias, a nuestro entorno, a nuestra sociedad. Pero ese servicio auténtico nace de la dignidad, no de la anulación; construye, no degrada.

Como señala Santo Tomás: “El servicio no es sólo una acción, sino un acto de caridad y de justicia que se basa en el amor; ordena al hombre a buscar el bien de los demás y la gloria de Dios”.

Por eso, es necesario distinguir con claridad: el servicio es entrega libre, consciente y orientada al bien del otro; el servilismo, en cambio, es sumisión, pérdida de dignidad y, muchas veces, terreno fértil para el abuso.

Nadie puede exigir amor. Nadie puede imponer servicio. Cuando el servicio deja de ser libre, deja de ser virtud.

En nombre del servicio, muchos hacen hoy sus negocios, como aquellos mercaderes fuera del Templo. Apelando al dominio y a la posición de poder, utilizan el lenguaje del servicio para encubrir intereses propios, alejándose hasta las antípodas de aquella noche de la Última Cena, donde el mismo Dios enseñó el Camino, la Verdad y la Vida.

Solemos quedar atrapados en la “culpa”, siendo sujetos vulnerables. Pero lo más profundo de esa “felix culpa” es que nos mereció una gracia inmensa: el perdón.

No es malo reconocer la culpa; lo malo es habitar en ella. El camino para salir de ella es el Perdón, la clave la Humildad.-