Los tres algoritmos de Navidad
A Lucía siempre le pasaba lo mismo en diciembre…, ese olor a madera, las luces que tiemblan un poco con el viento, el frío que parece llegar desde un lugar antiguo, y ese pellizco entre el pecho y la nostalgia que nunca sabía explicar del todo. Su tienda seguía allí, en la calle mayor, como un refugio que aguantaba mientras todo lo demás se aceleraba. La tienda de su padre…, la que aún guardaba recuerdos en cada estantería. Y aunque nadie lo supiera, lo que más le pesaba no era el cansancio, sino ese miedo silencioso a quedarse atrás.
La víspera de Navidad, mientras bajaba la persiana, escuchó a una niña detenerse frente al escaparate. Señaló un coche de madera y dijo…, “Mamá, este no sale en internet”. Lucía sonrió, claro…, pero por dentro sintió un pequeño golpe. Otra venta perdida. Otra señal del mundo diciendo “espabila” sin decirlo.
Esa noche, al llegar a casa, dejó el abrigo en el sofá y se quedó mirando el muñeco de madera que su padre nunca terminó. Sobre la mesa seguía el Boli Bic azul con la tapa mordida…, el mismo que él usaba para apuntarlo todo, incluso lo que sabía de memoria. Y al lado, la torre de disquetes de 3½ que guardaba como si fueran amuletos. Pequeñas cosas que parecían decir…, “por aquí empezó todo”.
El reloj marcó las doce…, y las luces del árbol comenzaron a parpadear en una secuencia demasiado precisa para ser un fallo. Una figura apareció, hecha de puntos diminutos que se ordenaban como si respiraran. Hola, Lucía…, dijo una voz cálida. Soy el Algoritmo del Pasado.
La luz la llevó sin prisa a la tienda de hace muchos años. El mostrador pequeño, el suelo que crujía, la radio sonando bajito…, y su padre inclinado sobre un tren de madera, concentrado como si las navidades dependieran de él. En una esquina, una pieza de Lego roja, la de siempre…, la que él pisaba una y otra vez entre risas. Sobre el mostrador, su Boli Bic azul. Y al lado, aquel primer ordenador de disquete…, enorme, gris, con un pitido que parecía quejarse al encender. Su padre lo miraba como si estuviera vivo. No sabía qué tecla hacía qué, ni por qué un disquete debía sustituir la libreta. Le temblaban las manos…, aunque nunca lo admitiría. Pero lo aprendió. No para ser moderno…, sino para cuidar la tienda. Porque avanzar, aunque pesara, también era querer.
La escena se deshizo sin ruido. Apareció otra figura, más cálida, hecha de pequeñas conexiones que iban encendiéndose. Soy el Algoritmo del Presente. Lucía volvió a ver su tienda, pero con una capa invisible que por fin se hacía evidente. Las horas en las que el escaparate atraía miradas…, las búsquedas del barrio que coincidían con sus juguetes…, los mensajes sin responder. En el mostrador, su cuaderno A5 lleno de números escritos con su Bic. Y a su lado, una tablet cubierta de polvo…, con la app de inventario sin estrenar. La tecnología esperando…, y ella temiendo.
Todo esto ya está contigo…, dijo el algoritmo. No para sustituirte. Para liberarte. Para devolverte aire, para darte margen. Y por primera vez en mucho tiempo, Lucía no sintió agobio. Sintió espacio.
Entonces llegó el último. Una figura luminosa cuyo contorno cambiaba con suavidad…, como si mezclara ideas, engranajes y destellos. Soy el Algoritmo del Futuro. No imponía. Acariciaba. La llevó a una escena que no era futurista ni fría. Era su tienda…, pero más viva. Un pequeño robot recogía las piezas de Lego como lo hacía su padre, pero sin dolor en las rodillas. Sensores detectaban lo que faltaría mañana…, una IA atendía dudas mientras ella hablaba con una familia…, y un sistema casi invisible le mostraba qué juguetes emocionaban más a cada persona. Nada borraba su esencia, nada quitaba su oficio. Nada sustituía sus manos, todo sumaba. Todo aliviaba. Todo acompañaba.
No soy tu miedo…, dijo el algoritmo. Soy ese paso que tu padre también dio…, aunque nunca lo llamara tecnología.
Y la luz se apagó, suave, como si alguien cerrara una puerta sin hacer ruido.
Lucía abrió los ojos. Todo estaba igual…, pero ella no. Comprendió que la tecnología no venía a cambiar su tienda…, venía a cambiar su miedo, y algo en ella se colocó.
A la mañana siguiente, al subir la persiana, no sintió que el mundo hubiese cambiado…, pero sí sintió algo dentro, una decisión pequeña, honesta, casi íntima. Entró, dejó el abrigo, miró la tablet cubierta de polvo…, la sostuvo un segundo…, y deslizó el dedo por la pantalla para encenderla.
Nada espectacular, nada heroico. Un gesto mínimo. Pero a veces un gesto mínimo es el que abre una puerta entera. A veces un futuro se enciende así…, sin ruido, sin épica, solo con la sensación de que por fin decides empezar.
Mientras una pieza de Lego caía al suelo, aún no había ningún robot para recogerla…, pero por primera vez ella ya podía imaginarlo. Y en ese instante…, el futuro empezó a moverse.