Treinta mil
Nunca me gustó leer la historia en números. Prefiero los nombres.
Porque los números enfrían; los nombres, en cambio, devuelven rostros, familias, historias.
Crecí en la Argentina de la dictadura militar. Era un niño, pero la memoria —caprichosa— guarda lo que no entiende.
Tenía unos diez años cuando se mudó al piso de arriba un oficial de la Aeronáutica con su familia. Su hija se convirtió en mi amiga. Andábamos en bicicleta y, para mí, dar la vuelta a la manzana era tocar la libertad.
Pero algo no encajaba.
Los vecinos murmuraban: “van a poner una bomba”, “no puede ser que viva acá”. Mis padres me limitaron: solo hasta la esquina, y mejor no frecuentar esa amistad.
Años después entendí: el miedo era real. La violencia política también vivía entre nosotros. Esa familia se fue pronto. Para mí fue una pérdida; para el edificio, un alivio.
Mientras tanto, el país celebraba. En 1978 salí a festejar el Mundial entre multitudes y carteles que repetían: “Los argentinos somos derechos y humanos”. Yo tenía once años. No entendía nada.
En realidad, nadie explicaba nada. O todo se decía en voz baja. Crecimos bajo una consigna silenciosa que terminó siendo una forma de supervivencia: “No te metas”.
La inocencia se rompió en 1982. La guerra de Malvinas encendió un fervor inmediato. En la escuela queríamos ir al frente. Yo tenía catorce años; otros, un poco más grandes, fueron llamados. Algunos no volvieron.
También cambió la música. De un día para otro desaparecieron los Beatles, Pink Floyd o Queen. En su lugar irrumpió el rock nacional. Y con él, algo más que canciones: una verdad que empezaba a abrirse paso.
Escuché entonces a Pedro y Pablo, a León Gieco, a Charly García, a Spinetta. Y entendí — o empecé a entender—.
Vi a las Madres con sus pañuelos blancos caminar en círculo frente a la Casa de Gobierno, pidiendo por sus hijos, por sus nietos, por lo mínimo: saber.
El silencio comenzaba a resquebrajarse.
Años después, estudiando Derecho, tuve contacto directo con uno de los jueces del Juicio a las Juntas. Ahí la historia dejó de ser rumor y se volvió evidencia: torturas, centros clandestinos, vuelos de la muerte, secuestros, niños apropiados.
Nada de eso admite eufemismos.
Es cierto: hubo violencia previa, hubo miedo, hubo una guerrilla armada. Pero un Estado no puede responder al terror con más terror. Si lo hace, deja de ser Estado de Derecho.
Por eso me resulta estéril discutir cifras. Treinta mil, diez mil.
La vida no se mide en estadísticas. Cada persona tenía un nombre, una historia, una familia. Y eso debería bastar.
El mal rara vez se presenta como tal. Suele disfrazarse de bien, de orden, de salvación. Por eso es tan peligroso.
No quiero estar del lado del que mata, bajo ninguna bandera. Prefiero estar del lado del que cuida, del que reconstruye, del que sostiene la vida incluso cuando todo empuja en sentido contrario.
Sé que esa elección tiene un costo. A veces se paga con incomodidad, con aislamiento, incluso con dificultades materiales.
Pero hay algo peor: vivir con miedo.
Yo ya viví ese tiempo en el que solo se podía llegar “hasta la esquina”.
Hoy prefiero invitar —aunque sea simbólicamente— a dar la vuelta a la manzana: ese pequeño gesto de libertad que, incluso en los contextos más oscuros, sigue siendo una forma de resistencia.-