La tradición homérica
Leer a Homero en el siglo XXI no es un gesto de nostalgia erudita, sino una forma de interrogar los orígenes de nuestra cultura. En la Ilíada y la Odisea se encuentra no solo el nacimiento de la épica occidental, sino también una concepción del ser humano marcada por el honor, la comunidad y la lucha contra el olvido. Como ha señalado el profesor Javier Aguirre, Homero fue durante siglos “el gran educador de los griegos”, una autoridad moral y simbólica que precedió a la filosofía y a la política institucional.
La fuerza de esta tradición radica, en primer lugar, en su carácter oral. Antes de ser libros, los poemas homéricos fueron voces. Los rapsodas recitaban miles de versos apoyados en fórmulas repetitivas, epítetos fijos y estructuras rítmicas que garantizaban la continuidad del relato. Este sistema no solo facilitaba la memoria, sino que convertía la poesía en un acto colectivo. Cada recitación era una ceremonia en la que la comunidad se reconocía a sí misma. Según Aguirre, esta dimensión oral explica por qué Homero logró instalar una pedagogía de valores antes de la aparición de la escuela filosófica.
En la Ilíada, el ideal heroico se articula en torno a la areté: valentía, lealtad y sacrificio. Aquiles representa al hombre que acepta una vida breve a cambio de una gloria eterna. En la Odisea, en cambio, el heroísmo se vuelve más complejo. Odiseo triunfa gracias a la inteligencia, la astucia y la resistencia. Ambos modelos conforman una ética narrativa que enseñó a los griegos cómo debía vivirse una vida digna de memoria.
No obstante, esta autoridad poética despertó sospechas. Platón, preocupado por el poder emocional de la poesía, criticó a Homero por transmitir un saber irracional. Para él, el poeta no poseía conocimiento verdadero, sino inspiración. Como recuerda Aguirre, la crítica platónica buscaba desplazar la excelencia heroica hacia una excelencia filosófica basada en la razón. Sin embargo, este intento de subordinación no logró borrar la centralidad de la épica.
Aristóteles, más conciliador, defendió el valor cognitivo de la poesía y reconoció en Homero un modelo insuperable de narración. Paralelamente, los poetas líricos del siglo VI a. C. reinterpretaron el legado épico desde la subjetividad. Arquíloco de Paros, cuestionó el honor guerrero, Safo exploró el amor íntimo, y Teognis convirtió la poesía en reflexión moral. En ellos, la tradición homérica se transforma sin desaparecer.
Esta continuidad revela que Homero no fundó un dogma, sino un horizonte. Como sostiene Aguirre, incluso en sociedades altamente cohesionadas, la épica permitió el surgimiento de voces críticas y disidentes. La tradición homérica no clausura el pensamiento: lo estimula.
Por eso, leer hoy a Homero sigue siendo un acto vigente. En sus versos descubrimos que la literatura no es solo entretenimiento, sino una forma de construir sentido colectivo. La palabra homérica enseñó a Occidente que narrar es resistir al tiempo, preservar la memoria y dialogar con la condición humana. En ese gesto fundacional reside su permanencia de su poesía.