Fronteras desdibujadas

Todos somos una cita sobre hombros de gigantes

Hace unos días observé en el Parque de El Retiro a un abuelo y su nieta sentados en un banco, protegidos bajo la sombra de una hilera de plátanos de sombra cuidadosamente alineados. Aquellos árboles no crecieron allí por azar. Alguien los plantó hace más de un siglo pensando en embellecer el paisaje y ofrecer sombra a personas que jamás conocería. Quienes cavaron aquellos hoyos sabían que probablemente nunca disfrutarían de la copa frondosa de esos árboles. Sin embargo, sembraron el futuro.

Ralph Waldo Emerson escribió en su ensayo La cita y la originalidad (Quotation and Originality, 1876) una frase que parece haber sido escrita para nuestro tiempo: «Todo libro es una cita; toda casa es una cita extraída de todos los bosques, las minas y las canteras; y todo hombre es una cita de todos sus antepasados».

Vivimos obsesionados con la originalidad, pero Emerson nos recuerda que ninguna creación surge completamente de la nada. Cada libro dialoga con cientos de libros anteriores. Las palabras que creemos nuestras fueron pronunciadas antes por otros; las historias cambian de escenario, pero conservan preguntas tan antiguas como la humanidad.

Lo mismo ocurre con la ciencia. Ningún investigador comienza desde cero. Cada vacuna, cada tratamiento médico, cada telescopio que explora el universo y cada avance tecnológico son posibles porque miles de hombres y mujeres dedicaron su vida a observar, experimentar y, también, a equivocarse antes. Isaac Newton lo expresó con otra imagen inolvidable: «Si he visto más lejos, es porque estaba subido sobre hombros de gigantes».

También la inteligencia artificial, protagonista de tantos debates actuales, trabaja sobre el inmenso caudal de conocimiento acumulado por la humanidad. Analiza, relaciona y aprende de lo que generaciones enteras han escrito, investigado y creado. La tecnología más avanzada sigue recordándonos una verdad antigua: el conocimiento siempre ha sido una obra colectiva.

Parque de El Retiro

Mi paseo me condujo hasta el monumento a Alfonso XII, uno de los símbolos más emblemáticos de El Retiro. Solemos admirarlo como si fuera la obra de un único autor, pero en realidad fue el resultado del trabajo coordinado de un arquitecto, numerosos escultores, canteros, fundidores y cientos de obreros. También reparé en los edificios históricos que rodean el parque. Ninguna de esas obras es solo piedra o ladrillo. Son la madera de antiguos bosques, la piedra extraída de canteras, el hierro arrancado de las minas y el trabajo paciente de arquitectos, ingenieros, albañiles, artesanos y artistas de distintas generaciones. Ninguna construcción, ninguna escultura, ninguna obra de arte pertenece por completo a quien la diseñó, la levantó o la contempla. Todas son el resultado de innumerables manos que nunca llegarán a conocerse.

Quizá la mayor enseñanza de Emerson sea comprender que también nosotros somos un puente. Somos la suma de nuestros padres, nuestros maestros, nuestros libros y nuestras experiencias. Pero, al mismo tiempo, somos el punto de partida de quienes vendrán después.

Porque el camino de la vida no consiste únicamente en dejar una huella. Consiste, sobre todo, en prolongar la de quienes caminaron antes y preparar el camino para quienes todavía no han llegado. Al final, todos somos una cita escrita entre muchas manos, sobre hombros de gigantes y desdibujando fronteras de espacio y tiempo.