Cinco sentidos

Todo, y su contrario, es posible

Me gusta informarme con seriedad. Leer y escuchar han sido siempre parte de mi  formación y de mi forma de entender la realidad. Sin embargo, el ejercicio de la lectura libre  se ha vuelto cada vez más complejo. Antes, para acceder a la información, había que  acercarse a un puesto de diarios y elegir qué leer. Hoy, en cambio, la información llega de  manera constante, fragmentada y muchas veces sin contexto. 

Escribir en El Diario de Madrid responde a la necesidad de sostener espacios donde la  palabra conserve responsabilidad y rigor. En esa línea, sigo a periodistas de distintos  medios. Entre ellos, Thomas L. Friedman, a quien leo tanto en The New York Times  como en La Nación. 

Hace pocos días sintetizó la situación actual con una frase contundente: todo, y su  contrario, es posible. La expresión describe con precisión el escenario geopolítico que se ha  abierto tras la declaración de guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán. 

Nadie puede defender las acciones del régimen iraní en materia de represión interna o  proyección regional y mundial de violencia (Argentina es testigo de ello). Sin embargo,  tampoco resulta sencillo identificar con claridad los objetivos estratégicos de la actual  administración estadounidense. El presidente Donald Trump anunció inicialmente que la  operación tendría una duración limitada (4 semanas). Días después, el discurso cambió y  comenzó a hablarse de posibles extensiones e incluso del eventual envío de tropas. 

Esa oscilación genera incertidumbre. Algunos analistas consideraron que la alianza entre  Estados Unidos, Israel y otros países permitiría una resolución rápida. Sin embargo,  subestimar la capacidad militar iraní sería un error. Su desarrollo misilístico ha demostrado  un alcance significativo en la región del Golfo Pérsico. 

A esto se suma la presencia de actores aliados a Teherán, como Hamás y Hezbolá, con  capacidad operativa más allá del territorio iraní. El conflicto, por lo tanto, no puede  analizarse únicamente en términos bilaterales. 

Uno de los efectos inmediatos se observa en el mercado energético. La posibilidad de un  cierre del Estrecho de Ormuz —por donde transita una parte sustancial del comercio  mundial de petróleo— provocó en pocas horas un aumento en los precios del gas y del  crudo. Europa, que había reducido su dependencia de Rusia tras la guerra en Ucrania,  incrementó sus importaciones desde países árabes. La sola amenaza de interrupción  evidenció una nueva vulnerabilidad. 

El impacto no se limita al continente europeo. China, India y Japón, grandes importadores  de energía, también podrían verse afectados ante un conflicto prolongado. En este  contexto, China ha comenzado a expresar públicamente su respaldo a la soberanía iraní.

Hablar de una guerra mundial puede resultar prematuro. No obstante, el riesgo de una  escalada regional es real. Más allá de las declaraciones públicas, los movimientos  estratégicos suelen responder a intereses estructurales vinculados al control de recursos y a  la recomposición de equilibrios de poder. Bajo esta mirada, la actuación de Estados  Unidos en Venezuela está lejos de pretender, sólo, la amada libertad de los venezolanos. 

La guerra continúa siendo, para algunos sectores, un negocio asociado tanto a la industria  armamentística como al dominio energético. Desde esa perspectiva pueden analizarse  también otros movimientos geopolíticos recientes, donde la disputa por recursos  estratégicos ocupa un lugar central. 

La desaparición de los principios del Derecho Internacional, los ataques sin autorización,  abren un abanico internacional donde las fronteras sólo son líneas en los mapas.- 

En este escenario de alta volatilidad, la frase de Friedman adquiere relevancia: todo, y su  contrario, es posible. La imprevisibilidad se ha convertido en una variable estructural del  sistema internacional.