The One y los cuarenta lacayos
Confieso que pocas criaturas me han despertado tanto fervor y delirio como el enigmático “P. S.”, a quien algunos llaman “The One”. Figura misteriosa escrita en cuadernos, informes y murmullos, parece un personaje escapado de una novela por entregas, un don Juan, un adonis, un guapo efebo, en fin «el puto amo» Y cuando parece que llegamos a un desenlace, todo se apaga y surge una noticia más explosiva que nos hace girar la mirada. Y allí, en ese esquivo, aparece Pedro Sánchez, como si fuese la permanente sombra del héroe. A veces pienso que estas entradas y salidas recuerdan demasiado a Supermán y su modesto alter ego, Clark Kent.
Nuestro mancebo presidente, antaño atractivo y sonriente, no luce últimamente su mejor cara. Dicen las malas lenguas que más pronto que tarde compartirá con su esposa una estrecha estancia, cada cual en su cuarto, donde disfrutarán del poder sereno de la individualidad, y también de la vista, siempre inspiradora, de unos barrotes. Las pistas se acumulan y negar lo evidente es absurdo. Ahí tenemos ahora al Ayuntamiento de Soria para recordarlo, ¡vaya PSOE están dejando para sus risueños votantes! La lista de episodios es interminable: el caso Zapatero, el caso Leire, la trama de las mascarillas, el caso de Begoña Gómez, el hermano de Pedro, Ábalos, Koldo, Santos Cerdán, Tito Berni, el Fiscal General del Estado o las hijas de Zapatero. ¡Es el PSOE! Sin embargo, la respuesta de estos indigentes morales es siempre la misma, acusar y señalar que “Ayuso es peor”, o sea, todo un argumento circular sin sentido ni razón.
Del superhéroe P.S. pasamos inevitablemente a su corte de limpiabotas. No tienen superpoderes, pero sí gozan de un talento admirable para la chulería. Mirada altiva, dedo acusador y una facilidad pasmosa para impartir lecciones de ética. Pero uno sospecha que, si la justicia es justa —y a veces lo es, aunque tarde—, más de uno recorrerá los mismos pasillos que su maestro, dando explicaciones a los Tribunales. También les tocará a esos que, ocupando cargos públicos, se venden sin titubeos. La historia de España es clara, los vendedores de principios suelen terminar rindiendo cuentas incluso cuando ya nadie quiere escucharles.
Al final, lo justo y lo ético exigen valor. Y no me refiero a ese valor grandilocuente de los discursos, sino al otro, al silencioso, al que obliga a mirarse al espejo sin esperar aplausos.
Entretanto, aquí seguimos, aguardando el próximo movimiento de los lacayos y también del “The One”, quien se cree eterno. A él y a todos los cargos que hoy os sentís inmunes, conviene recordaros que en el fondo sabéis que la justicia, como el buen café, siempre termina sirviéndose caliente.