Las raíces del tiempo

Los templarios por un mundo mejor

En el marco incomparable del monasterio de Silos ha tenido lugar el “X Encuentro Internacional Silos Literario 2026”. En una mesa redonda los templarios hablaron de la “Historia y leyenda de la Orden del Temple”, y entre las interesantes ponencias que se dieron, hubo una que me llamó especialmente la atención referida a lo que significaba ser templario en el siglo XXI. 

El Temple fue un hecho histórico y por sus características un fenómeno literario. No obstante, el tema que quiero tratar no va de caballeros, ni de secretos, ni de misterios, ni de poder, va de algo mucho más importante, se trata de la dimensión humana que representaron sus valores y, sobre todo, sus valores aplicados a la sociedad actual. Los templarios fueron personas que encontraron un sentido a la vida por encima de ellos mismos, y decidieron entregarse con empeño a lo que pensaban y defendían, creando un estilo, una tradición que siempre he admirado: Es la tradición del compromiso, del servicio, de la solidaridad, del coraje moral y del gran valor espiritual de sus miembros. 

Esos valores, que van más allá de los tiempos, son los que deberían estar presentes entre los ciudadanos de cualquier sociedad que quiera ser ética, honorable y digna. Los templarios actuales, que viven bajo los principios y valores de aquella época, manifiestan una orientación de vida con ideales de justicia, equidad, orden, ayuda y una ética y moralidad que configuran una forma de estar y de convivir con los demás. No es una adhesión circunstancial, sino una vinculación que debe ser sostenida y que afecta a la forma de ser, de pensar y de vivir. 

Otro atributo del templario contemporáneo es el coraje moral, la fuerza interior para actuar fiel a sus principios en casos de incomodidad o riesgo, y no me refiero a riesgo físico sino a la necesidad de mantenerse firme ante la injusticia, la falta de ética, la corrupción, las tentaciones, las dudas de conciencia y otros tantos dilemas que se presentan en la vida ordinaria. Este coraje necesario exige una firmeza de carácter capaz de controlar cualquier presión en sentido contrario, y está íntimamente ligado a la grandeza interior de las personas, porque es producto de la coherencia en su vida. Este compromiso ético de pensar, decir y actuar en la misma dirección les genera estabilidad y deja huella para los demás. Viendo los noticiarios actuales, repletos de variaciones y de incertidumbres, esta forma de ser constituye una referencia importante.

El legado templario plantea un importante desafío para las sociedades contemporáneas, porque ahora se tiende a buscar siempre la satisfacción personal de cualquier manera por encima de la misión colectiva, y se olvida que el objetivo común se consigue con la unión de los esfuerzos individuales. No quiero negar el valor del individuo, sino darle un sentido mayor, en el que sus capacidades y hechos puedan transcender con mayores consecuencias. 

La búsqueda de la verdad por encima de cuestiones que tratan de tergiversarla o falsearla; la honestidad y el respeto a la palabra dada; la idea de lealtad con todos aquellos con quienes convivimos; el apoyo mutuo y el sentido de pertenencia a su región y a su país, son los valores que más unen a las personas, cualesquiera que sean sus inclinaciones políticas y sus referencias de vida en una comunidad de valores compartidos. Practicando todos estos valores templarios este mundo sería mucho mejor;