El teléfono móvil y un pueblo que se desvanece
Poco a poco se diluye aquello que nos diferencia a los humanos de las máquinas. —Pilar de Vicente
La calle siempre ha sido un hervidero de voces pero hoy vive un silencio colectivo. Las revoluciones ya no se forjan en cafés y parece que son sostenidas como un simple capricho digital. Nuestro principal enemigo —ese inimicísimo que antaño se encarnaba en hombres de carne y hueso— se ha tornado abstracto e invisible, ¡la guerra ha cambiado su terreno! Ya no hay sangre, aunque lo parezca, y ahora la batalla se libra en teclados que lanzan bombas mudas por las redes sociales.
Miles de ciudadanos avanzan cabizbajas. Ni se rozan ni se miran. No saben siquiera que hay otros iguales junto a ellos. Caminan mirando el móvil, tropiezan, y siguen sin darse cuenta de que hay un mundo de verdad a su alrededor. No hace mucho se disculpaban, pero hoy ni siquiera eso. La gente vive dentro del teléfono creyendo que ahí reside la verdad y la vida. Minuto a minuto gastan sus estrechas vidas sin ver que todo se acaba. Pierden el poco tiempo que tienen en videos completamente efímeros, noticias sin sentido y además mostrando su intimidad públicamente. Todo lo que ven les parece legendario, sin embargo no lo es.
Las reuniones familiares son un festín telefónico. Uno escribe al de enfrente, otro enseña la pantalla al de la derecha y el de la izquierda se retrata consigo mismo. Apenas se habla, sólo se teclea. Las llamadas telefónicas son cosa del pasado y hoy muchos ni siquiera sabrían redactar una carta sin recurrir a la inteligencia artificial.
Entre tanto los políticos aprovechan para la distracción general. Prohíben y controlan con total severidad, porque en realidad ellos no buscan protegernos. Es de los políticos de quien debemos escondernos. Los hombres nos hemos convertido en autómatas dóciles, nos han transformado en un pueblo de imbéciles voluntarios atrapados en el teléfono e incapaces de advertir que nuestra inteligencia se marchita por segundos sin necesidad de programarnos alguna obsolescencia ¡Ya nos jodemos solos!
Algunos se preguntan por qué ante escándalos gravísimos no surge una reacción. Esta respuesta no requiere gran diligencia, porque el crítico en este caso es el conservador, pero generalmente es un temeroso que entra en pánico si es señalado como un exaltado fascista o un jacobino férvido. También sucede que mientras miramos la pantalla los mensajes que llegan nos adormecen con entretenimientos nimios y consignas que invitan a no pensar. Hemos olvidado por completo que la felicidad también es conocer un futuro cierto, que la felicidad no es esconderse y callar. Hemos olvidado que importa el viaje y no el destino.
En este instante temo que esa quietud sea claudicación porque todo pueblo que deja de mirarse a los ojos también deja de reconocerse. Somos uno de tantos países que han renunciado a la palabra y si no despertamos pronto, serán otros los que decidan nuestro rumbo, nuestro camino e incluso el pensamiento. Es hora de despertar, porque si un día queremos alzar la voz tal vez descubramos que ya no sabemos cómo se hacía.