El Solar de Valdeosera y la quiebra de una tradición nobiliaria única
Una civilización —o institución— no es conquistada desde fuera hasta que se ha destruido a sí misma desde dentro. —Will Durant
Pocas instituciones históricas han logrado atravesar los siglos con la coherencia, la solidez jurídica y la continuidad antropológica del Solar de Valdeosera. Su existencia, documentada desde la Edad Media, constituye un vestigio de la organización nobiliaria castellana y un ejemplo excepcional y único de cómo un linaje puede preservar, generación tras generación, un principio de identidad colectiva basado en la legitimidad, la sucesión y la inequívoca responsabilidad hereditaria. Durante siglos, Valdeosera mantuvo un criterio claro, transmitiendo esa justicia por línea agnada —de varón a varón, y justificando ser hijo legítimo de legítimo matrimonio siguiendo las viejas Leyes de Castilla— y respetando la tradición jurídica que rigió la hidalguía. No en vano, afirmaba Alfonso X en sus Partidas que «la nobleza es cosa antigua, que viene de linaje e de tiempo», sentencia que entendieron perfectamente nuestros mayores, pero que parece que ha sido olvidada por quienes, con impropia ligereza, han osado quebrantar lo que generaciones enteras guardaron con escrupuloso celo.
Ese principio no era un capricho ni tampoco una excentricidad, era la piedra angular que permitía sostener la singularidad del que probablemente sea —o fue— el último señorío nobiliario europeo que conservaba intacto su sistema de sucesión. Valdeosera se mantuvo firme al suceder por varonía. Era mantener al noble, al hidalgo, porque Valdeosera nombraba a los suyos como “Señores Diviseros Caballeros Hijosdalgo”, recordando la sabiduría popular de que «el rey puede hacer caballero, mas no hidalgo», pues la hidalguía —como también se repetía— «la da Dios y el tiempo».
Empero, en fechas recientes, una maniobra que sólo puede calificarse de impropia, cuando no directamente indebida, ha quebrado este orden secular. La decisión de permitir el ingreso de cualquier persona que pueda alegar un vínculo remoto con algún Señor Divisero y sin exigir la acreditación de la línea paterna legítima, supone una ruptura profunda con la esencia misma del Solar y de su creación. No hablamos de un simple ajuste administrativo, ni de una modernización inocua, en realidad tratamos de una alteración estructural que desnaturaliza la institución privándola de aquello que la hacía única. Hoy estamos ante un grupo de personas —que no Caballeros, ni señores, ni solariegos, ni tampoco hijosdalgo—, tenedores apenas de un huerto y de un puñado de casas.
El resultado es evidente. Lo que durante siglos fue una prueba plena de nobleza se ha tornado en la ruina del último señorío europeo que conservaba incólume su orden sucesorio tradicional. La consecuencia es devastadora porque Valdeosera ha dejado de ser aquel «Solar, Señorío y Villa», para convertirse en una asociación voluntarista, en una confraternidad de ocasión, un cenáculo de gentes que sin derecho alguno pretenden arrogarse una calidad que ya no puede otorgarse porque ha sido despojada de su fundamento.
La pérdida no es sólo jurídica, es también histórica, simbólica y moral. Valdeosera era singular por su rareza, por su resistencia a diluirse y por aferrarse a la fidelidad de un principio que ninguna otra institución había logrado conservar. Al renunciar a esa norma han vaciado la institución, desfigurándola e interrumpiendo su continuidad natural. Llama la atención que lo que no pudieron destruir guerras, monarquías caídas, dictaduras, repúblicas o revoluciones, ha sido quebrado por el capricho de unos pocos que están más atentos a su vanagloria que al deber y la obligación de custodiar un legado único. Hoy, Valdeosera, vive en manos de unos pocos que no han comprendido todavía la magnitud del daño causado. Esto no es un debate menor ni tampoco una cuestión de preferencias personales, es la opinión de algunos que todavía sostenemos que estamos ante la destrucción de un patrimonio jurídico y cultural. Aquello que no pudieron borrar los siglos, lo ha consumado la imprudencia de una minoría.
Convendría que algún día, quienes han causado este daño, mediten sobre la gravedad de su yerro. Advertía el Rey Sabio que «las cosas que los antiguos establecieron por razón, non deben mudarse sin gran acuerdo». Aquí no hubo acuerdo, fue la acción de un capricho, una precipitación, pero también la ausencia de coraje y la ofuscación de no saber siquiera lo que se heredaba.
El Solar de Valdeosera merecía custodios y no interventores, como también merecía continuidad y respeto. Esperamos que algún día, aquellos que han contribuido a su destrozo reconozcan la gravedad de su error. Porque cuando una institución única desaparece, no solamente pierde quien la habitaba, sino que también pierde la historia, la memoria y la cultura jurídica de un país. Es triste, pero real, que han sido los propios hijos de Valdeosera quienes han quebrantado una tradición que fue honra de Castilla y maravilla de España.