La soberbia de los tiranos
Haga el hombre lo que debe y venga lo que viniere. —Miguel de Cervantes
La historia universal nos muestra continuamente una letanía de grandezas malogradas que, como un eco pertinaz, nos recuerda la fragilidad del poder y la veleidad de quienes le rodean. Desde los albores de la civilización han existido los aduladores del poder, un cáliz envenenado que pocos saben sostener sin que les terminen quemando las manos. Y así, generación tras generación, contemplamos un mismo drama, a líderes que ascendieron como titanes y que cayeron como mendigos viendo como sus acólitos huían al primer temblor con la presteza del mercader que esconde su bolsa.
El poder absoluto deshumaniza convirtiendo a los hombres en sombras que viven del miedo ajeno. Un ejemplo fue Nabucodonosor, rey de Babilonia, quien se creyó dueño de los destinos del mundo y terminó vagando como una bestia, abandonado por sus antiguos cortesanos. O Calígula, emperador de Roma, que convirtió su trono en un auténtico teatro de crueldades y caprichos. Sus senadores —como los diputados de hoy día— eran muy valientes en susurros, pero callaron cuando él deshonraba la dignidad del imperio. Sólo cuando cayó bajo los puñales vio como todos fingían haber sido siempre enemigos de su locura. Nerón, quién incendió Roma culpando a inocentes, vivió rodeado de artistas serviles y ambiciosos que alimentaban su delirio. Cuando un día el pueblo se alzó, todos desaparecieron, quedó solo y sin más compañía que su propio eco.
En Oriente, vivió Qin Shi Huang, el unificador de China. Una especie de Pedro Sánchez que edificó su poder sobre el terror y la censura. Sus gentiles quemaban libros para complacerle, pero fueron los primeros en conspirar cuando la muerte del emperador abrió la puerta a un futuro incierto. Más cerca está el famoso Robespierre, el incorruptible, llamaban. Instauró un régimen sanguinario donde sus acólitos aplaudían cada cabeza cortada, pero pronto se apresuraron a condenarle cuando la guillotina empezó a mirar hacia ellos. Al final el verdugo fue devorado por su propio mecanismo. Y qué decir de Stalin, el gran asesino del siglo XX. Convirtió el miedo en doctrina de Estado. Vivió rodeado de burócratas que temblaban con solo mirarle, pero cuando agonizó, aquellos que habían firmado purgas y deportaciones fingieron ignorancia.
Es evidente que siempre se repite el mismo patrón. El tirano exige obediencia absoluta y los vasallos se la dan mientras les conviene. Pero cuando las paredes del edificio crujen, los mentirosos zalameros se transforman en delatores y los aliados en verdugos. Los fieles seguidores pasan a ser traidores cuando el tirano cae, cosa que suele ocurrir no por la fuerza del enemigo, sino por la cobardía de sus propios «amigos».
El tirano en su soberbia nunca entiende que la lealtad no debe de llegar por miedo y que aquel que se arrodilla por conveniencia pronto se levantará por interés. Y digo así, porque siglo tras siglo asistimos al mismo espectáculo. La aparición de un déspota que se cree eterno y una corte que le ríe las gracias. Sin embargo llegará el día en que, como hizo Judas, le venderán por treinta monedas.
La verdadera tragedia de todo esto no es la caída del opresor —que siempre es justa— sino la obstinación de los cobardes que le rodean. Ellos son los verdaderos artífices de la ruina moral de los pueblos, los que callan, quienes consienten y aplauden mientras conviene. Sin duda el tirano es un monstruo, pero sus acólitos son una despreciable plaga.