El senador que Petro no quiere
En Colombia, cuando un político incomoda de verdad al poder, no suele hacerlo con discursos incendiarios ni con arengas para la galería. Lo hace, casi siempre, con algo mucho más peligroso: reglas, procedimientos y Constitución. Por eso la candidatura al Senado de Wilson Ruiz Orejuela no despierta entusiasmo en el Palacio de Nariño. Ruiz no grita, no adula y no negocia principios. Demanda.
Su nombre no surge del activismo coyuntural ni del marketing político. Ruiz viene de una trayectoria larga y, para algunos, incómoda: magistrado disciplinario, procurador delegado, árbitro, conjuez y, finalmente, ministro de Justicia. Es decir, alguien que conoce el poder desde dentro y sabe, precisamente por eso, hasta dónde no puede llegar. Esa experiencia marca su carácter y explica su choque frontal con el actual gobierno.
La tutela que interpuso contra el presidente Gustavo Petro no fue una provocación ni un acto de vanidad jurídica. Fue una respuesta institucional a un exceso evidente. Cuando un presidente decide usar su investidura para reinterpretar dogmas religiosos, no está ejerciendo libertad de expresión: está abusando del poder simbólico del Estado. En una democracia seria, eso no se aplaude; se corrige. Ruiz optó por el camino menos popular y más efectivo: los jueces.
Algo similar ocurrió con la acción disciplinaria contra la canciller Rosa Villavicencio. Mientras el país se acostumbra peligrosamente a que el Ejecutivo invada competencias ajenas, Ruiz levantó la mano y dijo lo obvio: la organización electoral no le pertenece al gobierno. Que una ministra pretenda impartir lineamientos sobre procesos electorales, así sea bajo el disfraz de la coordinación, no es un detalle administrativo; es una grieta institucional. Y las grietas, cuando no se corrigen, terminan en derrumbes.
Nada de esto es nuevo en él. Durante su paso por el Ministerio de Justicia, Ruiz se caracterizó por algo que hoy parece una rareza: ejercer el cargo sin convertirlo en plataforma ideológica. No fue un ministro de frases efectistas ni de anuncios diarios. Fue un ministro que defendió la autonomía judicial, insistió en la legalidad como marco de acción y se negó a subordinar la justicia a proyectos políticos. Eso le ganó críticas, pero también respeto. En especial, de quienes entienden que el Estado de derecho no se construye con consignas.
Su aspiración al Senado por el Partido Salvación Nacional es la prolongación natural de esa línea. Ruiz no busca una curul para acompañar al gobierno ni para convertirse en comentarista del poder. Quiere ser, sin rodeos, un senador de control. Alguien que use el Congreso como lo que la Constitución diseñó: un contrapeso, no una notaría del Ejecutivo.
Hay un detalle adicional que ayuda a entender su estilo: su formación académica. Profesor universitario y formador de abogados, Ruiz pertenece a una tradición jurídica que cree en el derecho como límite, no como instrumento de propaganda. Eso se nota en su tono sobrio, en su rechazo al populismo jurídico y en su insistencia casi obsesiva por los procedimientos. En tiempos de política emocional, esa actitud suele confundirse con frialdad. En realidad, es rigor.
Wilson Ruiz es el senador que Petro no quiere porque no es predecible, no es dócil y no es negociable en lo esencial. No promete salvar al país ni refundarlo. Promete algo mucho más modesto y, paradójicamente, más urgente: que el poder vuelva a tener límites. En la Colombia actual, eso no es poca cosa.