La Semana Santa. Un silencio que despierta la fe
Llega la Semana Santa y de nuevo España deja de ser un territorio para recuperar la esencia de su alma. El aroma a incienso vuelve a ascender como un antiguo suspiro y el sonido de las campanas desgarra el silencio; bien parece que el corazón del pueblo vuelve a recordar su origen, su destino y su deber. No estamos ante una simple tradición folclórica, como tampoco es un espectáculo o un adorno para la mirada curiosa del viajero. La Semana Santa es la profunda e íntima revelación de lo que somos, una forma de memoria viva de toda una nación que aprendió a caminar a la luz de la Cruz.
Porque todo lo bueno que conocemos, como la misericordia, la justicia, la nobleza, la esperanza, brotan de aquel misterio que hace dos milenios estremeció al mundo, ¡la Pasión de Jesucristo! Aquí comienza a fundarse nuestra civilización y sus enseñanzas templaron nuestro carácter. En Jerusalén se grabó en cada uno de nosotros la certeza de que la vida tiene un sentido que trasciende la muerte. Y es en esa fe, en la fe como certeza de lo que se espera y convicción de lo que no se ve, en donde se sostiene todavía esta España que herida por la modernidad no ha querido renunciar a la verdad.
La Semana Santa es una escuela de moral, porque en ella se educa el alma bajo una pedagogía que ninguna institución ha logrado igualar. En ella se aprende sobre la humildad del penitente frente a la fortaleza de quien carga con la Cruz por nosotros, es la coherencia del que no traiciona sus principios, la ética del sacrificio y también la bondad que nace del reconocimiento de nuestra fragilidad. En la Semana Santa comprendemos que respetar no es solamente cortesía, es en realidad una reverencia ante lo sagrado.
Y en medio de ese suceso divino se alza la figura de la Virgen María, madre de España, madre del dolor y del consuelo. Su silencio es elocuente, mucho más que cualquier discurso. Su mirada a su hijo dice más que cualquier tratado. Ella es quien sostiene al Hijo muerto y cuando lo hace quiere soportar también a un pueblo entero que busca, muchas veces sin saberlo, la luz que no se apaga.
Empero, sobre todo y ante todo está Él. Aún desconocido para tantos, es el Hijo de Dios que sin ejército ni riqueza, sin engaños ni artificios, dejó una huella tan profunda que ningún ilustrado ha logrado agotarla. Aquel que se acerca a su vida, que analiza sus milagros o su palabra, descubre que su magisterio se vuelve más lúcido y agudo, que su ejemplo ni envejece ni se marchita.
Es importante que guardemos nuestros usos y nuestras costumbres, pero hagámoslo como quien protege un fuego que guarda del frío. Ortega y Gasset distinguía con sabiduría entre los usos y las costumbres, por cuanto la segunda es una repetición mecánica y el uso es la fidelidad consciente. No me cabe duda de que España quiere seguir siendo ella misma, permaneciendo fiel a nuestro uso divino, el mismo que nos ha configurado durante siglos.
La Semana Santa no es simplemente un recuerdo, es el instante en que la fe se alza y en el que la historia se hace presente. Es cuando defendemos nuestra creencia con lágrimas, silencio y oración. Es el momento en que percibimos que sin Cristo nada permanece y que sin su madre nada consuela, porque sin fe nada tiene sentido. Recordamos que allí, en el lugar donde la sombra de Cristo muere, se alza la Cruz del Cristo que resucita. Ahí está también la raíz de todo lo bueno que vivimos, el punto en que se renueva el espíritu de la patria y donde España vuelve a ser España.