Seguir a la Santa Compaña
es el hombre que oculta una cosa en su seno y dice otra.”
Homero
Hace muchos años, en una húmeda y fría noche del invierno gallego, los aldeanos se encontraban en sus pequeñas casas de piedra, con las luces apagadas y en completo silencio. Uno de ellos, asomado discretamente por la ventana, miraba hacia la oscuridad del monte que tenía enfrente. No debían estar por los caminos tras la puesta de sol. En la madrugada, comenzó a ver una serie de puntos luminosos que descendían por el bosque; una hilera de seis o siete luces que, lentamente, se aproximaba a la estrecha senda que comunicaba el monte con la población. Sabía muy bien qué era aquello. Poco a poco, esas pequeñas luces empezaron a tomar forma. Al fondo del camino, el vecino con quien habían perdido el contacto hacía días, encabezaba esa marcha: era él, pero pálido, demacrado; portaba una cruz y un caldero con agua. Detrás suyo, seis figuras sin rostro, ensotanadas, seguían un paso marcado por el tenue sonido de una campana. Aquella procesión pasó por enfrente de la ventana y se posicionó al otro lado de la puerta de la casa. Tres, cuatro, cinco golpes. Una muy baja voz le llamó por su nombre y le dijo que saliera, que los tenía que acompañar. No hizo caso. Pasó una hora eterna en la que sentía que el cortejo seguía parado allí. Al borde del alba, comenzó a oír que aquella campana sonó nuevamente, cada vez más lejos, hasta desaparecer. Había evitado formar parte de una procesión inmemorial a la que, quien se unía, nunca más volvía a ser visto.
En fechas actuales, este cortejo sigue presente, continúa llamando a la unión a sus filas.
Arrastradas sin remedio, muchas personas siguen a una Santa Compaña que permanece viva, pero con otra forma, con otros modos. A diferencia de aquel aldeano que, por instinto o inteligencia natural, supo desatender a la voz que le pedía unirse a ellos, hoy, esa misma voz ya no susurra: clama, grita, a través de redes, de noticias, de opiniones, de proclamas…de mentiras. Desarmados de un sentido inherente de defensa, sustentado en la cultura y en la crítica, multitudes, aún sin darse cuenta, se suman a un cortejo de muerte, bajo la dirección de quien nada bueno desea, en un caminar orientado hacia un destino tan oscuro como las intenciones encubiertas del guía de la marcha.
Nuevos peces, ni tan siquiera sabedores de que lo son, en la trampa de unos pescadores muy conscientes de la condición de sus presas y de sus propios fines.