Roscas, tamales y “tontolabas”
Hay mensajes que llegan como quien abre una puerta y descubre al otro lado un carnaval entero. El Día de Reyes, mi hija mexicana me escribió para contarme que este año no partió la rosca, no encontró muñequito y, aun así, me enviaba un texto “para que me divirtiera”. Y vaya si lo hizo.
En México, la Barra Nacional de Abogados, que ya es un comienzo digno de comedia divina, lanzó un alerta ámbar para quienes sacaron el muñequito de la rosca. Enumeraban los posibles delitos: esconder al niño (privación de libertad), volver a meterlo en la masa (inhumación clandestina), pasárselo a otro (infanticidio), fingir que no lo viste (abandono), o guardárselo en el bolsillo y huir (sustracción de menor). La conclusión jurídica era impecable: “Mejor paguen los tamales”.
Desde Zaragoza le respondí que aquí también seguimos la tradición, aunque con menos Código Penal y más retranca. En España, al que le sale el muñequito, la “sorpresa”, le toca pagar el roscón. Y la costumbre viene de Roma: entonces se escondía un haba seca, y al desafortunado que la encontraba le tocaba pagar la torta. De ahí nació un insulto que aún sobrevive: “el tonto del haba”, que en Aragón se condensa con precisión quirúrgica en “tontolaba”, un aragonesismo de pura cepa que fuera de aquí solo usan los aragoneses expatriados… y quienes han tenido la suerte de cruzarse con uno.
Entre tamales imaginarios y roscones históricos pensé en lo hermoso que es que las tradiciones crucen océanos sin pedir billete. Que un haba romana acabe convertida en muñequito mexicano, y que ambos desemboquen en la misma ley universal: alguien paga.
Pero lo mejor no fue la etnografía gastronómica, sino la ternura del intercambio. Porque la existencia de esa hija mexicana, esa historia luminosa, improbable y maravillosa que me regaló la vida, no cabe en una columna de menos de 400 palabras. Apenas puedo rozarla, como quien toca el agua desde la orilla.
Y quizá esa sea la verdadera tradición: compartir la risa, aunque el muñequito no salga, aunque el haba se pierda, aunque los tamales los pague otro.