Rompeolas
Fue Antonio Machado quien en noviembre de 1936 formuló una nueva definición de Madrid como “rompeolas de todas las Españas”. Eran circunstancias de enfrentamiento sangriento entre dos frentes en las afueras de la capital.
Fueron cuatro versos dedicados a Emiliano Barral (*), escultor libertario y anarquista, que cayó combatiendo en el frente de Madrid, a quien el poeta admiraba:
¡Madrid, Madrid! ¡qué bien tu nombre suena,
rompeolas de todas las Españas!
La tierra se desgarra, el cielo truena,
tú sonríes con plomo en las entrañas.
Ya no se desgarra nuestra ciudad, el cielo sólo truena cuando las tormentas braman y las entrañas no se cargan con plomo. España es otra, aunque hay quienes prefieren reabrir un clima de guerra civil y de brumas ideológicas movidas por intereses políticos.
Somos mayoría los madrileños que no vamos a hacer el juego a esta voluntad de desgarro, que tanto daño hizo en aquel pasado al que hemos decidido no volver. Cuando los consensos del 78 y la voluntad de encuentro se socavan desde el propio gobierno seguimos creyendo en el impulso y la cooperación como motor de la España del respeto a las instituciones democráticas que surgieron de la Transición. Invitamos a las gentes de bien a trabajar por una España democrática, justa y solidaria, superando los dogmas ideológicos y las servidumbres de facción.
Machado vio a Madrid como un rompeolas en aquellos tiempos de ruptura sangrienta entre españoles, de angustias violentas y de ruido y furia. Su invocación reflejaba las aspiraciones del poeta que se aferraba al nombre de Madrid como una promesa de esperanza. Hoy nuestra capital no es símbolo de quiebra de olas de ninguna especie. Hoy nuestra villa quiere ser espacio para que los vientos de ideologías y enfrentamientos irredentos amainen aquí y se disuelvan en sus limpios cielos. Hoy Madrid quiere ser lugar de impulsos de encuentro y entendimiento, y de cooperación entre españoles sin dogmas o inercias de facciones. No queremos que el nombre de Madrid suene como ruptura, desgarro o trueno, ni como eco de palabras con plomo en las entrañas.
Escribo estas líneas desde el frío y la nieve de una ciudad sueca, donde comparto parte de mis días con mi tierra española. Y ya que hablamos de olas… la pescadería de una popular plaza de mi barrio la regenta desde hace unas décadas un sonriente japonés con quien charlo (en sueco) cuando voy a comprar pescado. El año pasado decidió visitar Madrid y me pidió consejo. Le escribí dos cuartillas de sugerencias para su estancia en mi villa natal.
A su vuelta con su sonrisa resplandeciente me agradeció mis orientaciones. Jacki, mi amigo japonés, había pasado unos días felices en la capital de España. Su forma de agradecer mi ayuda se expresó con el regalo de un kilo de cigalas.
¡Madrid, Madrid! ¡qué bien tu nombre suena
en la pescadería de mi amigo japonés!
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(*) Su hijo Fernando murió hace cinco años en Cuba donde ejerció como médico.