Reflexionando en la rebotica

Renacentistas en tiempos de algoritmos

En la rebotica, a veces pienso en Leonardo da Vinci. No tanto en el personaje, sino en esa curiosidad inmensa y esa confianza en poder comprender el mundo. El Renacimiento consistía en eso, en ser capaz de saltar de la anatomía a la pintura, de la ingeniería a la filosofía, sin solución de continuidad.

¿Algo así es posible hoy, rodeados de pantallas, inteligencia artificial, datos y una especialización que reduce cada vez más nuestro campo de visión?

El conocimiento crece a un ritmo que ningún ser humano puede abarcar. Cada disciplina se divide en subcampos, y éstos en especialidades que requieren años de dedicación. Saber de todo es un objetivo inalcanzable, pero ser renacentista no consiste en dominarlo todo, sino en mantener viva una actitud curiosa y la voluntad de conectar todos esos puntos.

Porque el hombre universal renacentista no solo acumulaba saberes, sino que hacía que dialogaran entre ellos. Arte y ciencia se alimentaban mutuamente, la técnica se dejaba inspirar por la estética y la filosofía iluminaba la política. Hoy, aunque la especialización sea inevitable, esa mirada transversal sigue siendo posible. Basta con abrirse, leer fuera del ámbito profesional, interesarnos por cómo otros campos influyen en el nuestro.

Además, contamos con herramientas que Leonardo ni siquiera habría imaginado. Internet democratiza el acceso al conocimiento, la inteligencia artificial nos ayuda a orientarnos entre océanos de información y la educación en línea nos permite aprender casi cualquier cosa desde nuestro hogar. El reto ya no es la escasez de oferta, sino el criterio para seleccionar. Ser renacentista hoy implica saber preguntar, discernir y conectar.

Pero hay algo más, la ética. El Renacimiento confiaba en el ser humano; nosotros vivimos en un mundo donde las decisiones científicas y tecnológicas tienen un impacto global inmediato. La curiosidad, sin responsabilidad, puede ser peligrosa. Por eso, la actitud renacentista del siglo XXI debería incluirla. Como recuerda José Ignacio Latorre en su libro Cuántica, cada avance, desde la computación cuántica hasta la inteligencia artificial, amplía nuestras capacidades, pero también nuestras obligaciones. No basta con saber más, hay que decidir mejor. Y esa decisión exige una ética a la altura del conocimiento que estamos manejando.

Schrödinger, que nunca se conformó con mirar el mundo desde una sola ventana, decía que la ciencia necesita del humanismo tanto como el humanismo necesita de la ciencia. Que comprender la realidad exige una mirada que no se limite a acumular datos, sino que se atreva a buscar sentido. Quizá ahí esté la clave para ser renacentistas en tiempos de algoritmos, en mantener viva esa curiosidad que no se limita a un compartimento estanco y que se atreve a conectar con otras ramas del saber. El conocimiento solo florece cuando dejamos que las disciplinas conversen entre sí. 

Tal vez, todavía podamos aspirar a mirar el mundo con una amplitud verdaderamente humana.

“Se va imponiendo el conocimiento de que toda investigación especializada únicamente posee un valor auténtico en el contexto de la totalidad del saber”. Erwin Schrödinger.