Área 52

La razón natural del derecho de propiedad

Decía Aristóteles que “…no pensamos que sabemos nada hasta que no conocemos sus condiciones primarias o primeros principios, y hemos llevado nuestro análisis hasta sus elementos más simples.”. 

Siguiendo esta línea aristotélica aplicada a lo jurídico, vemos que, en su parte más simple, existen dos elementos: al menos dos hombres y la voluntad de cesión en ciertos aspectos de relevancia de actuar según su estricta conveniencia y a efectos de conseguir cierto nivel de utilidad que corresponde a un valor compartido.

Al margen de esa finalidad, nivel de utilidad o como se quiera referir según el plano en el que se está hablando de ello, centrémonos en los dos hombres de tal manera que podamos identificar todo aquello “con lo que llegan a lo jurídico”.

En primera instancia, llegan vivos. Además, llegan íntegros. Quiere ello decir, de forma y manera según han nacido y han desarrollado su vida. Llegan además libres respecto de ese vínculo que se va a establecer por el sencillo motivo de que no existe todavía y que será origen de las principales tensiones a partir de su constitución. Y, adicionalmente, llega con una propiedad sin la que no es posible sobrevivir. Esta terna y, posteriormente, su proyección sobre el ordenamiento jurídico y social, constituye, al margen del valor, el núcleo fundamental de los Derechos Humanos o, dicho de otra manera, del Derecho Natural desprovisto de valor. Es decir, tal y como llega el hombre antes del momento de cesión, pero cuyo reconocimiento y eficacia jurídicos adquieren valor en ese momento.

La vida y la integridad, así como sus respectivas proyecciones en lo social, parecen algo claro. Más complejos son la libertad y la propiedad. El hombre sólo, si es que eso es posible, aunque a efectos de nuestro experimento Aristotélico es muy ilustrativo, no es libre. No lo es porque es alguien entregado a cubrir la necesidad de seguir vivo. Lo máximo a lo que puede aspirar es a ciertos momentos de descanso. Pero es que, además, aunque tuviera todas las necesidades cubiertas, ¿sería libre para qué? Para hacer lo que quisiera, bien. ¿Frente a quién? Frente a nadie por lo que sólo haría. No libremente, que es una cualidad adjetiva. Sencillamente haría. La adjetivación es donde nace la tensión entre “todo lo que podría hacer pero a lo que difícilmente puede ser llamado libertad” frente a lo que es necesario de inhibición para poder realizar el valor de lo social. La libertad es, por así decir, un valor negativo que nace del ser natural del hombre pero que adquiere valor en el momento de la constitución de lo social-jurídico y frente a ello.

El caso de la propiedad sin embargo no comporta estas “sutilezas”. Como una suerte de enmienda al principio de adaptación al medio, el hombre emplea, en reposo, hasta el 90% de la energía que consume en el desarrollo cerebral durante su primer año de vida. Cerca del 70% hasta los cuatro o cinco años y un valor insignificantemente menor hasta la edad adulta en la que se consolida entorno al 25% de media (tanto en reposo como no). Es decir, todo el esfuerzo energético y de supervivencia va en el hombre a desarrollar un órgano que no sirve para adaptarse al medio, sino que vale mutatis mutandi, para adaptar el medio a él. Todo ello a costa de ser una pelota de proteínas medio inerme para depredadores durante toda su infancia, y una cosa frágil ante el resto de la Creación el resto de su existencia.

Y sin embargo ahí estamos. Hemos triunfado en lo que por naturaleza nos es dado, que es controlar nuestro entorno, nuestro medio, sin necesidad de adaptarnos nosotros a él. Y para ello, siendo las criaturas raquíticas que somos, sólo se puede hacer a partir de un órgano sin sentido evolutivo a menos que la evolución se descuente la protección de un grupo, o con la propiedad que nos dé la fuerza, la velocidad o las “garras” que no se desarrollaron en beneficio de un órgano que ni salta, ni corre, ni muerde, pero que nos permite transformar el mundo.

Por eso, cualquier ideología, operación o lo que sea que trate de desproveer o mediatizar la propiedad individual hasta el punto de hacerla prácticamente inútil para el individuo, de lo que está hablando en realidad es de negar la propia naturaleza del hombre y, con ella, la libertad en primera instancia y, dado el caso, hasta la integridad y la vida.

No es de extrañar que, por ejemplo, el comunismo, dado que según Feuerbach el hombre no tiene ninguna esencia inmutable, siempre ande detrás de crear “un hombre nuevo”. Y ya sabemos cómo acaba eso.