¿Quién observa al observador?
En la rebotica surgen ideas que nos obligan a pensar y a mirar lo cotidiano desde otra perspectiva. Una de ellas nació en la mente del físico húngaro Eugene Wigner: ¿qué papel juega la conciencia en la realidad?
Einstein, con su ironía habitual, decía: “me gusta pensar que la luna sigue ahí cuando no la estoy mirando”. Confiaba en una realidad objetiva, sólida, estable. Pero la física cuántica desafía esa intuición, en su nivel más profundo, la realidad parece depender del acto de observación.
Aquí entra en juego el experimento mental de Wigner. Mientras Einstein defendía la permanencia de la luna como símbolo de un mundo externo y seguro, Wigner nos invita a considerar que la realidad no está garantizada hasta que alguien la observa. Su paradoja abre una pregunta inquietante: ¿qué ocurre cuando dos observadores discrepan sobre si la realidad ya se ha concretado?
El llamado amigo de Wigner nos obliga a mirarnos también a nosotros mismos. Imaginemos el experimento: Wigner deja a un amigo en una habitación cerrada para medir un sistema cuántico. El amigo observa y anota el resultado. Para él, la realidad ya se ha fijado. Pero para Wigner, que está fuera, todo sigue siendo una superposición de posibilidades. ¿Quién de los dos tiene razón?
Este dilema nos recuerda que la física no puede ignorar al observador. Como explica Alberto Casas en La ilusión del tiempo, este fenómeno se denomina colapso del estado y es un postulado de la interpretación de Copenhague. Según esta visión, cualquier sistema que interactúe con otro puede ser considerado observador. No hace falta que sea una persona, basta un instrumento de medida.
¿La conciencia es el desencadenante que convierte la probabilidad en realidad?
La idea incomoda porque la ciencia busca leyes universales, independientes de quien las mira. Pero la paradoja de Wigner sugiere que la objetividad absoluta quizá sea un mito. Tal vez la realidad sea una red de relaciones donde la conciencia desempeña un papel sutil pero decisivo.
Este experimento mental fascina porque toca algo profundo, la sensación de que nuestra experiencia importa. La propuesta de Wigner nos sitúa en un lugar inesperadamente central y conecta con preguntas existenciales: ¿qué es real cuando nadie lo observa? ¿Existe el color sin unos ojos que lo miren y el sonido sin oídos que lo escuchen?
La ciencia no avanza solo en el laboratorio, sino también con experimentos mentales: Einstein persiguiendo un rayo de luz, Schrödinger encerrando a un gato en una caja, Wigner introduciendo a un amigo en una habitación …
Estos experimentos mentales no buscan respuestas definitivas, sino desafiar los límites del conocimiento.
El amigo de Wigner no es solo un personaje imaginario, somos todos nosotros, atrapados entre la certeza y la duda.
La conciencia sigue siendo el gran misterio. Pero en esa incertidumbre hay belleza y la invitación a seguir preguntándonos.
Porque quizá la realidad, como este artículo, necesita lectores.
“El hecho de que algo sea incomprensible no lo hace menos real”. Jorge Luis Borges