¿Quién es John Galt?
En su novela de 1957, La rebelión de Atlas, Ayn Rand proponía un ejercicio mental muy interesante y de máxima actualidad: ante una sociedad perfectamente burocratizada en la que el mérito está en decir lo correcto y se penaliza el espíritu de libertad e iniciativa individual, ¿qué ocurriría si todos los muy denostados en razón de ese espíritu individual que, no necesariamente individualista, desaparecieran del mapa?
En la novela, en primera instancia, con la desaparición de manera inexplicable para una sociedad perfectamente idiotizada, comienzan a faltar productos clave, se interrumpen cadenas de suministro, hay una escasez creciente y las fábricas cierran o empiezan a producir muy por debajo de su capacidad.
Una vez que los burócratas, especialistas en nada más que balar lo que hay que decir, tomaban el control directo del sector productivo, se congela la innovación y el mantenimiento adecuado, el transporte colapsa, comienza la escasez de alimentos, combustible, metales, bienes básicos y, por fin, la gente empieza a pasar hambre y frío en una sociedad que antes era muy avanzada.
La respuesta del gobierno no puede ser más que la que le es propia: acaparar. Comienzan las nacionalizaciones masivas, directivas que congelan la movilidad laboral y se introduce legislación que obliga a los pocos productores hábiles que quedan, a sostener a los que no lo son bajo la nueva premisa que pasa “de cada cuál según su capacidad, a cada cual según su necesidad”.
¿Qué? ¿Les va sonando el tema del “experimento mental” novelado de Rand?
Naturalmente, con los más incompetentes al frente, aquellos que han expulsado a los que sí podían proveer independientemente del espíritu que les informara para ello, la sociedad se desintegra por completo empezando por apagones en las ciudades, hambrunas, disturbios y caos social hasta que, finalmente, el gobierno pierde todo control porque, sencillamente, no hay nada que controlar al no quedar nadie que genere nada.
Ayer entró en vigor el nuevo SMI. Una subida mínima para los trabajadores, un ingreso elefantiásico (en el sentido estricto de enfermedad parasitaria crónica que agranda las extremidades y órganos genitales al tiempo que disminuye o incapacita su funcionalidad) adicional para el aparato y sus apparatchik, y otro palo más en las ruedas para “los hombres de la mente” o “los motores del mundo” randianos, que deberían estar a un paso de encontrar su John Galt. Su líder de la huelga de empresarios.
No esperen heroicidades de las grandes empresas españolas que viven en un esquema mental en el que lo privado y lo público son vasos comunicantes de carácter extractivo y, por tanto, “hay que llevarse bien”. Pero las pequeñas y medianas empresas deberían empezar a plantearse hacer algo más que quejarse en el desayuno hasta desaparecer ahogadas.
En España hay 2,95 millones de PYMES (99,8% del total de empresas) y 3,43 millones de autónomos. ¿Qué ocurriría si 6,38 millones de Atlas hispanos se pusieran huelga? Los que silenciosamente llevan sobre sus hombros el peso de generar al tiempo que les fustigan los que viven de o gracias a ellos. En mi opinión, mejor una roja que las miles de amarillas que llevamos aguantando.
¿Quién es John Galt?